
Buenos días. República Dominicana se ha convertido en una sociedad marcadamente violenta, en un territorio por donde ronda cada día la imagen de la muerte. Destilamos odio y sangre por doquier. A cada hora nos asaltan las crónicas con llamativos titulares en los diarios y la exhibición, muchas veces sin pudor alguno, de cadáveres en la pantalla del televisor. Nos atormentan la frecuencia de las narrativas sangrientas que ponen ante nuestros ojos las nuevas tragedias: asesinatos de mujeres, muertes y heridos en el tránsito, conflictos que toman nombres de víctimas y que nos obligan a admitir que la muerte se nos introduce en la cotidianidad y nos acostumbramos a recibirla como algo normal. Al punto de que nos quedamos sin asombro frente a su secuela de sangre, dolor y luto. Por eso no extraña que una persona afable, servicial, decente, trabajadora, amigo sincero, humano, una figura fajadora y con nombre propio en la comunicación como Rommel Guillén, perdiera la vida a culpa de un altercado inútil que tuvo su origen en el simple roce de vehículos. El raciocinio no encontró espacio, tampoco la comunicación llana, el intento de explicar y entender, la prevalencia del sentido común, el instinto de preservar la vida, el gesto de la disculpa y el perdón. Lo que brota agitado e irracional es lo que se lleva acumulado dentro. Como norma, lo espontaneo, lo inmediato, lo que prevalece, es sencillamente el impulso, la irracionalidad, las ganas de agredir, la sed de violencia, que concluye con sangre y muchas veces en muertes. La pérdida aberrante de Rommel, de otras y otros tantos, no enrostra que estamos ante la necesidad ineludible de sacudirnos, de rebelarnos como país, de reestudiar el comportamiento social y de regresar a laboratorio los viejos e inútiles esquemas que reproducimos en el pretendido combate al problema. La sociedad se nos enferma, la familia está en trauma y la opción por la muerte, se nos convierte en el primer recurso para dirimir simples diferencias. Lo peor es que no tenemos respuestas.








