
Entrega especial
Descolgándose ruidoso y cristalino desde una altura de 2 mil 580 metros sobre el nivel del mar, en loma la Rusilla de la Cordillera Central de República Dominicana, el Río Yaque del Norte desciende para iniciar una larga travesía de 296 kilómetros, hasta desembocar en la bahía de Montecristi al Noroeste del país.
Es un deleite irrepetible acompañarle, junto al discurrir de sus aguas puras y los sonidos de la naturaleza, solo hasta encontrase con el primer asentamiento humano, el municipio de Jarabacoa, donde intempestivamente inicia su transformación en un reservorio de desechos contaminantes pero que, a su paso por Santiago, es cuando se pone mortaja de muerte.

Más que en Jarabacoa, donde no hay sistema cloacal y todos los despercios van directos a su cause, es en Santiago donde el Yaque presenta rostro de cadáver, una realidad atribuida al lanzamiento irresponsable a sus aguas de miles de toneladas diarias de desechos químicos, desperdicios industriales, despojos de granjas agrícolas y porcinas, aguas contaminadas, además de la extracción de material, todo posible por la impunidad, complicidad e indiferencia de quienes, ayer y hoy, tienen la obligación de preservarle.
Se ignoran las lesiones del atropello dantesco a que se le somete en estos dos tramos, suficientes para irritar a cualquier mortal sensible, pero el Yaque del Norte se levanta como gladiador invencible para seguir siendo la reserva hídrica más grande e importante del país. En el convergen 14 cuencas de donde dependen las tres presas más antiguas e importantes de República Dominicana, Tavera, Bao y López Angostura.
A través de estas valiosas obras de ingeniería, que algunos cuestionan porque, a su parecer, alteran el curso de la corriente, se concentra y administra el agua con la que florece la agricultura en las zonas más desérticas de la Línea Noroeste; se genera energía eléctrica y, a la vez, se abastecen importantes acueductos, como el Cibao Central, que potabilizan el líquido para consumo de millares de seres humanos.
Este proveedor de vidas y riquezas, el otrora “Nilo dominicano” como también solían llamarlo algunos, aunque hoy de tramos secos y cortados, de zonas enteras cubiertas por desechos y basura, a pesar de ser diezmado por las huellas del salvajismo, todavía carga en sus hombros el compromiso de irrigar más de 300 mil tareas de diferentes rubros en las provincias Valverde, Montecristi y Santiago Rodríguez, así como en otros importantes enclaves productivos del Cibao Central.
Frente a sus quejidos y largo padecer, el periodismo y los medios de comunicación en sentido general, siempre han jugado un rol de denuncia y llamado a la consciencia ciudadana. Crónicas, artículos, reportajes, editoriales, se suceden en el tiempo como antorcha que mantiene al día a la opinión pública de lo que acontece con el Yaque del Norte. Aunque los avances son pocos.
Y son esos medios y periodistas los mejores testigos de que sectores público y privado, en diferentes etapas y momentos, han enarbolado planes y acciones en procura de su rescate y conservación. Pero el Yaque languidece impunemente y su actual cuadro de muerte, confirma el fracaso de dichas iniciativas.
La inexorable realidad deja tan claro como los rayos del sol, que lo que ha prevalecido hasta ahora nada tiene que ver con una “cultura de recuperación del Río Yaque del Norte”, porque tan solo han sido intentos esporádicos, a veces interesados, dispersos e inconsistentes.

Solo podría admitirse la existencia de una “cultura” vinculada al Yaque, si aceptamos que esa cultura ha funcionado a la inversa. Ha sido la cultura de convertirlo en un gigante pozo séptico, la cultura de arrojar inmisericordemente a su cauce todo tipo de desperdicios y desechos; la cultura de socavar su existencia y decretar su muerte de manera indolente e irresponsable.
El panorama hasta aquí expuesto se traduce en inquietudes e interrogantes, que brotan como puerta de entrada a una necesaria y más profunda radiografía del objeto estudiado.
¿Por qué persisten las razones que podrían provocar la desaparición definitiva del Yaque del Norte? ¿Qué motivos impiden que se asuma un plan integral, inclusivo y sostenido para rescatar y preservar nuestro principal río? ¿Basta con que el Gobierno dominicano haya declarado de interés nacional el rescate del Yaque del Norte?
El Yaque del Norte está conectado a los orígenes de Santiago de los Caballeros y a su devenir histórico. A orillas de sus caudalosas aguas, Cristóbal Colón fundó, en el año 1495, la primera villa del nuevo mundo bautizándola con el nombre de Santiago.

Sus protuberantes aguas eran navegables en barco en el siglo pasado y existía para entonces una ruta desde Mao, provincia Valverde, hasta Montecristi. Tan solo un par de décadas atrás era habitual la existencia de “posas “o “charcos”, que la juventud solía formar para disfrutar de sus aguas.
Pero, además, el Yaque ha sido por más de 100 años el proveedor puntual del agua que el Acueducto de Santiago potabiliza para hacerla llegar hasta los munícipes. Estas bondades, más los beneficios que proporciona a la economía regional y nacional, contrastan con el maltrato que recibe y cuyas consecuencias se verifican a lo largo de los 13,5 kilómetros que recorre en su travesía por Santiago.
Sin dudas, la Ciudad Corazón representa en la actualidad el punto más crítico de su viacrucis; es donde el martirio se vuelve inverosímil hasta el grado de que se le confunde con una cloaca putrefacta e insolente.
Las denuncias de instituciones y defensores de la ecología y los recursos naturales acerca de esta triste realidad, nunca se han hecho esperar. Pero “todo pasa y todo queda”, como dice el poeta Antonio Machado, y la historia se encarga de confirmar que solo han sido vanos intentos de arar en el desierto.

Una de las instituciones protagonista de esas causas perdidas, que insiste cada día en su reclamo de que se rescate el Río Yaque, lo es la Sociedad Ecológica del Cibao (Soeci). Sus planteamientos, sugerencias y propuestas solo adornan páginas de diarios o simplemente se gastan en el tiempo.
“Miles de toneladas de desperdicios industriales, desechos químicos y domésticos, así como despojos de carnicerías son lanzados a diario a las orillas del legendario río Yaque del Norte, en Santiago, sin que las autoridades muevan un dedo para proteger las aguas de la principal fuente acuífera de la zona del Cibao”, denuncia Soeci en su portal web.
Y así reseñaba el Listín Diario en junio del año 2017 unas declaraciones de directivos de la entidad: “Más de 20 empresas y 25 cañadas ubicadas en la parte alta y media de la cuenca del río Yaque del Norte, descargan sus aguas residuales y negras en el cauce, lo que a lo largo de los años lo ha convertido prácticamente en una cloaca”.
Solo la indiferencia de los organismos oficiales y la insensibilidad del sector privado, hacen entendible el absurdo espectáculo al que ha sido reducido el Yaque de hoy. Se ha actuado con permisividad ante los daños que causan los asentamientos humanos, los arroyos y cañadas que vierten sus aguas contaminadas y el abuso de poder que ejercen empresas e industrias a las que no les importa la suerte de este afluente imprescindible para el país.
Con la pena que entristece al alma hay que aceptar que aquel “Yaque dormilón”, como lo llamara el destacado bolerista puertoplateño Juan Lockward, musa inspiradora de poetas, artistas y pintores, es tan solo una añoranza de aquel río bravío que circundaba como un cinturón la Ciudad Corazón y la bañaba con sus abundantes aguas:
“En medio de la fértil/campiña cibaeña/bañada por las aguas/del Yaque dormilón/con sus valles tranquilos/al sol siempre risueños/gorjea sus canciones/la Ciudad Corazón/Santiago te circundan las aguas del Yaque como un cinturón/Santiago estás siempre latiendo, latiendo como un corazón” …

El cacareo de planes y programas para su rescate y preservación es tan antiguo como sus primeros síntomas de contaminación y deterioro. La historia reseña que desde Horario Vásquez hasta nuestros días, se han sucedido en esa dirección anuncios de instancias oficiales y organismos privados, pero sin que los resultados hayan trascendido lo medianamente aceptable.
Y como si copiáramos las peroratas electoreras de políticos y partidos en campaña, en diferentes etapas se han enarbolado proclamas redentoras a favor del Yaque, pero sin que rebasen la condición de promesas incumplidas y mucho menos, sin que aporten un solo ápice a la erradicación de la contaminación y maltratos a que es sometido.
No pocas voces críticas valoran como causante de lo expuesto, el hecho de que se ha operado al margen de un proyecto que reúna, centralice, vincule, armonice y transparente sus propósitos para con el Yaque. Con toda propiedad, observan que ha faltado un plan verdaderamente integral donde el protagonismo, el afán de dirección y control, así como la lucha de intereses, no encuentren espacio y de esa manera florezcan las soluciones que el país anhela y nuestro río con urgencia espera.
El presidente Danilo Medina declaró de “prioridad nacional la rehabilitación, saneamiento, preservación y uso sostenible del Río Yaque del Norte y mediante el decreto 57-18, creó una Comisión Presidencial para el Ordenamiento y Manejo de su cuenca. En la ocasión se abrieron nuevas expectativas y como agua fresca que reverdece el pasto, floreció la esperanza de que en lo adelante se pudiera contar con un plan serio, único, sostenible en el tiempo y con participación de todos los actores. ¡No resultó otro intento fallido!
En ese plan, uno de los más completo y consciente, se precisaron con sobrado cuidado los objetivos y para lograrlos se delinearon 50 acciones específicas que debían ejecutarse en un año. El presupuesto aprobado fue de 664 millones de pesos.
“Proteger y aumentar los almacenamientos de aguas naturales y artificiales; disminuir la contaminación y aumentar la eficiencia en su uso, tanto de agua potable como de irrigación, para mejorar su utilidad y aprovechamiento en el campo y en las áreas urbanas”, se leía entre algunas de las metas a alcanzar.
La disposición oficial se valoró como una verdadera oportunidad para el Yaque. Se alinea a la perfección con la prédica también recurrente del destacado geólogo Rafael Emilio Yunén, quien en escenarios y tiempos ha insistido en que: “Las acciones a favor del Yaque del Norte deben provenir del sector público, privado y comunitario como respuesta para afrontar los retos que significa el desarrollo de un plan específico para rescatar el río”.
Pero el plan no continuó y hoy se aguarda el anuncio de otro. Mientras tanto, el grado de deterioro que exhibe el Río Yaque del Norte, esencialmente en Santiago, encarna un vergonzoso desafío cuyas respuestas no pueden postergarse por más tiempo.
Más que nuevos planes, tiene que asumirse un compromiso serio con esta la más importante fuente hídrica de República Dominicana. Y eso conlleva la urgente concentración, en una sola dirección, de todos los esfuerzos que hagan posible evitar la desaparición definitiva de nuestro Yaque del Norte.
Solo por ese camino alcanzaríamos salvarlo y de paso iniciar la siembra de los cimientos sobre los que deberá nacer una sólida consciencia ciudadana que se traduzca en lo que hasta el momento no hemos tenido, una cultura que brote espontanea cuando se trate de defender y proteger el Yaque del Norte, que en difinitiva no es un río más.
Nota: Como parte de su responsabilidad social y consciente de las devastadoras consecuencias de una posible desaparición del más importante de nuestros ríos, deahora.com.do contiuará la proxima semana publicando otros trabajos siempre en el interés de despertar el interés de todos.







