Paradoja de la libertad en dictadura
Por Paino Abreu Collado
Las familias numerosas no eran de extrañar en el siglo pasado. En cualquier lugar de la República Dominicana eran comunes los casos de más de 10 hijos, en menor medida de más de 15 hijos, y hasta se escuchaba de más de 20 hijos en un solo matrimonio.
De hecho, a mediados del siglo pasado la tasa de fecundidad (número de hijos por mujer) en nuestro país era de 7.6, según la Oficina Nacional de Estadísticas (ONE). En la actualidad la situación ha cambiado mucho, la tasa de hijos por familia en nuestro país es de apenas 2.2 (Banco Mundial)
En mi caso particular en realidad fuimos 10 los hermanos nacidos como producto de la unión de nuestros padres, pero hubo un caso de muerte prematura, quedando el número en nueve.
Solo dos de los nueve hermanos aún no alcanzan los 70 años, los demás hace rato que ya cruzamos esa línea, no obstante, las expectativas de vida en la familia son altas debido al disfrute de relativa buena salud y la ausencia de señales relacionadas con enfermedades catastróficas.
Los nueve hermanos nacimos y crecimos en la zona que en Santiago se conoce como “La Sierra”, donde se ubican los municipios de Jánico y San José de las Matas. Los padres eran maestros de escuelas rurales y se conocieron por pura casualidad en la comunidad cafetera de Juncalito, hoy uno de los distritos municipales de Jánico.
En términos socioeconómicos éramos pobres pero no nos dábamos cuenta de ello porque casi todos los pobladores de la zona vivían en las mismas circunstancias. Según la clasificación de la pequeña burguesía que hace Juan Bosch, estimo que éramos pequeños burgueses pobres, sin llegar nunca a “muy pobres”.
Para tener una ideal: en los años 50 y 60 del siglo pasado, comer manzanas y uvas en nuestro país era un lujo de ricos. Los pobres, técnicamente, “probaban” las exóticas frutas en Navidad. En mi hogar una o dos manzanas alcanzaban para toda la familia: Se cortaban en pequeños segmentos, muy semejantes a la luna en cuarto creciente. Las uvas que le tocaban a cada quien eran contadas.
La primera generación de hermanos Abreu Collado nos tocó vivir la niñez y pubertad en la última década de la dictadura de Trujillo y, vaya paradoja, nunca volveríamos a gozar de tanta libertad como en aquellos tiempos. Lógicamente, esa libertad era más “libre” para los varones.
Aclaro, sin embargo, que la libertad de la que hablo era relativa y se circunscribía al perímetro de la comunidad, es decir, el pueblo y sus calles; los ríos y sus cuencas; los bosques; el disfrute a plenitud de la fauna y la flora silvestres; y las andanzas sin tiempo determinado. El mundo parecía tener el tamaño exacto de nuestra libertad y deben creerlo: se disfrutaba. La otra libertad, la política, que a esas edades poco nos importaba, esa Trujillo nunca la cedió.
En aquellos tiempos los padres prácticamente nunca se preguntaban “¿Dónde estará mi hijo?”. No existía esa preocupación que hoy es permanente, porque la dictadura aplicaba la ley “a los demás” y la tasa delincuencial era muy baja. En cierta medida, incrementar la seguridad consistía en eso: aplicar la ley. Hoy los padres tienen que estar monitoreando a sus hijos todo el tiempo para evitar perderlos por razones múltiples.
En las horas finales del año 2025 he querido dejar constancia de un hecho sencillo: la vida separa pero no necesariamente rompe lazos. Ante una situación personal, mis hermanos y hermanas confirmaron que aun distantes el vínculo permanece, que la sangre pesa y que el afecto pesa más. Cuando hizo falta, el hogar común volvió a ser un lugar y no solo un recuerdo. Por eso esta nota es, ante todo, un agradecimiento. Al final, lo que queda no es el número, sino el nosotros. Y ese nosotros, en mi caso, sigue teniendo nueve nombres.







