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Haití, la miseria que le golpeó los ojos

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La situación social está marcada por la persistente desigualdad, la explotación y el acaparamiento de oportunidades, esencia de la sociedad capitalista. foto Monica Gonzalez.
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La situación social está marcada por la persistente desigualdad, la explotación y el acaparamiento de oportunidades, esencia de la sociedad capitalista.

“No vi jamás, en mi mucho ver, tierra más triste ni devastada que este rincón haitiano, que del vapor al entrar parece muerto, y no vive, en sus calles fangosas, más que de la limosna y de los apetitos», José Martí. Haití, 8 de septiembre de 1892.

¿Es el “colonialismo” un eco lejano de tiempos pasados? O aún nos habla de un régimen político, social, cultural y económico -supuestamente superado- como las herencias visibles y dolorosas de Haití.

Eso se llama ver de golpe un producto neto del colonialismo y el imperialismo, ese es hasta ahora, Haití.

A más de un siglo de empleo de sus recursos humanos en los más difíciles trabajos, de intervenciones militares, la vejación a manos de sus semejantes corruptos, se suma esa fatal ubicación por donde la naturaleza zarandea sus placas tectónicas o recibe sin piedad, en la otra mejilla, el golpe de los huracanes.

Aun así, la identidad haitiana se resiste como el creole, la lengua con que se piensa y establece la válvula de escape al horror imperial.

Las dimensiones de la tragedia son también una historia del racismo. Quizá quienes no estemos preparados para mirar a Haití de frente, quedamos envueltos en una maraña de prejuicios coloniales, racistas y mentiras eurocéntricas. Por lo que acercarse a su realidad exige un desaprendizaje.

Unos 11 millones de desamparos

El 26 de julio de 1996, Eduardo Galeano escribió sobre la tradición racista cuando Estados Unidos invadió Haití en 1915 y gobernó el país hasta 1934.

“Se retiró cuando logró sus dos objetivos: cobrar las deudas del City Bank y derogar el artículo constitucional que prohibía vender plantaciones a los extranjeros». Entonces Robert Lansing, secretario de Estado, justificó la larga y feroz ocupación militar explicando que la raza negra es incapaz de gobernarse a sí misma, que tiene ‘una tendencia inherente a la vida salvaje y una incapacidad física de civilización’.

Uno de los responsables de la invasión, William Philips, había incubado tiempo antes la sagaz idea de que “este es un pueblo inferior, incapaz de conservar la civilización que habían dejado los franceses”.

Foto: Notiseis

A la que fue la perla de la corona, aquella colonia con mano de obra esclava que enriqueció a Francia con sus productivas plantaciones de azúcar, el gran filósofo galo Charles Montesquieu le encontró una “lógica” explicación, tan cruel como un látigo de mayoral.

“El azúcar sería demasiado caro si no trabajaran los esclavos en su producción. Dichos esclavos son negros desde los pies hasta la cabeza y tienen la nariz tan aplastada que es casi imposible tenerles lástima. Resulta impensable que Dios, que es un ser muy sabio, haya puesto un alma, y sobre todo un alma buena, en un cuerpo enteramente negro”, dijo.

Karl von Linneo, científico sueco, contemporáneo del filósofo mencionado, Montesquieu, había definido “la raza” como “vagabundo, perezoso, negligente, indolente y de costumbres disolutas”. Por su parte, el historiador escoces David Hume definía que el negro “puede desarrollar ciertas habilidades humanas, como el loro que habla algunas palabras”.

Para sorpresa de muchos de ellos sucedió lo impredecible. La bandera liberta se erigió sobre sus propias ruinas, convirtiendo a la nación caribeña en el primer país libre de América.

En 1803, “aquellos negros” derribaron a las tropas de Napoleón Bonaparte, humillación nunca perdonada por “la raza blanca”. Justo cuando Haití volvió a manos de “carniceras dictaduras militares”, el país fue obligado a pagar la deuda de su libertad a Francia.

Como antes, ahora la nación haitiana muchas veces es condenada a la soledad de sus escasos triunfos y de sus muchas miserias.

Teoría

La calamidad que siguió al gran terremoto del 2010, se convirtió en advertencia para sus 11 millones de habitantes.

En teoría, en 1999 se instituye el Sistema Nacional de Gestión de Riesgos y Desastres o Système National de Gestion des Risques et des Désastres (Sngrd). Coordinan a 26 instituciones gubernamentales y no-gubernamentales “preparadas” para responder ante catástrofes naturales.

Existe el Ministerio de Interior y de Colectividades Territoriales o Le Ministre de l’Intérieur et des Collectivités Territoriales (MICT), con su Plan Nacional para la Gestión de Riesgos y Desastres, al menos en un papel.

Ante las emergencias, a nivel nacional, provincial y comunal, “interviene” la Dirección General de la Protección Civil (creada apenas en el año 1999) o Direction Générale de la Protection Civile (DPC). Para las catástrofes, el Centro de Operación de Urgencias o Centre d’Opération d’Urgence (COU).

Foto: Notiseis

Además, destaca el programa de la Cruz Roja Haitiana de 2001 o “The National Disaster Risk Management Plan” (NDRMP), que es dirigido por el primer ministro y propone la reducción de riesgo y mitigación de daños.

La Organización de las Naciones Unidas en el país (ONU-Haití) propuso en 2003 contribuir en la creación de un Centro de Operación de Emergencias piloto, o sea de respuesta rápida, después que en 1998 el huracán Georges los afectara gravemente.

Luego vino la Ley de Estado de Urgencia del 2008 o Loi Sur L’état D’Urgence, du 9 septembre 2008, para proteger frente a cataclismos o emergencias naturales, la propiedad, a las personas, el ambiente y las infraestructuras.

Entonces, qué pasa en realidad cuando la secuencia de fenómenos naturales golpea terriblemente, en medio de una crisis política. Tras 215 años de independencia, Haití sigue pobre y en ebullición.

Práctica

Días después del reciente terremoto de 2021, los exmilitares colombianos presos en Haití por el magnicidio del presidente Jovenel Moïse, perpetrado el pasado 7 de julio, confesaron el crimen.

Un nuevo proceso electoral en 2017 dio por vencedor otra vez a Jovenel Moïse, tras un año de proceso demorado. Muy pronto los escándalos de malversación de fondos, destaparon la corrupción, de éste y anteriores Gobiernos. Múltiples levantamientos populares visibilizan la crisis, la ola de inseguridad y de secuestros.

El siglo XXI, convulso como el XX. Sino, hagamos memoria.

Se recuerda en 1937 que el río bautizado por la antigua disputa entre españoles y franceses como Masacre, sirvió de mortaja a los cadáveres de unos 30.000 haitianos asesinados por el presidente dominicano Rafael Trujillo, en la frontera común de Haití y República Dominicana.

También, entre los años 1957 al 1986, a los Duvalier–François. ‘Papa Doc’ y su hijo Jean-Claude, ‘Baby Doc’, sumieron a Haití en la pobreza y la opresión.

Elecciones amañadas, un régimen apoyado en -los tontons macoutes- su milicia personal, sembraron terror, y desangraron las vidas y el erario público, mientras recibía la máxima consideración desde el gobierno de Estados Unidos.

Tras 25 años de exilio en Francia, Jean-Claude Duvalier regresa en 2011. Muere infartado, mientras la justicia haitiana abría una investigación por crímenes de lesa humanidad.

Luego vinieron sucesivos golpes de Estado, hasta -1991- el sacerdote salesiano Jean-Bertrand Aristide, quien también fue depuesto y exiliado, siete meses después, por un golpe militar.

Los militares en el poder, mediante detenciones y torturas, pasaron cuenta a los partidarios de Aristide, según denunciaron organizaciones de derechos humanos en 1993.

La siguiente intervención militar vino de Estados Unidos. Con la presencia de unos 20.000 soldados estadounidenses, Aristide fue devuelto al poder en 1994. Terminó su mandato en 1996, después de haber disuelto un año antes a las Fuerzas Armadas de Haití (FADH).

René Préval le sucede como el segundo presidente haitiano elegido democráticamente y recordado por ser el único que ha logrado culminar sus mandatos, sin ser apartado por un golpe de Estado.

La situación social está marcada por la persistente desigualdad, la explotación y el acaparamiento de oportunidades, esencia de la sociedad capitalista. Gobernó cinco años con un marcado enfoque neoliberal.

Foto: Valerie Baeriswyl

Bajo presión de Estados Unidos, Aristide, quien volvió al poder en 2001, es otra vez obligado a dejar el mandato en 2004. El país queda bajo el control de la Organización de Naciones Unidas (ONU), 9.500 cascos azules y policías internacionales para resguardar “la paz”, durante dos años.

En 2006, Preval fue nombrado nuevamente jefe de Estado. La gente tuvo que lidiar con las reformas, la privatización de empresas estatales, la sequía y la hambruna.

A la mermada producción nacional se añade la importación de muchos alimentos. Haití sólo cubre alrededor de un 25 por ciento de la demanda.

En 2008, decenas de miles de haitianos salieron a las calles, en protesta por el hambre y el elevado precio de los alimentos básicos. La destitución del exprimer ministro, Jacques Edouard Alexis, durante el segundo mandato del presidente René Preval, fue una de las consecuencias.

Estaba al mando cuando tuvo lugar el terrible terremoto de 2010 y el país quedó sepultado por sus propios escombros. Un año después, el Gobierno haitiano reconoció la cifra de más de 315.000 muertos. Una gran mayoría enterrados en fosas comunes, visibles desde cualquier avión.

Esto es dinero

La danza de los millones acompañó al circo humanitario en que se convirtió el país. Una tragedia transmitida por televisoras estadounidenses estimuló una ola solidaria.

Los casos de corrupción fueron escandalosos. Uno de ellos fue el de la Cruz Roja de los Estados Unidos. Para “el 2015, solo habían levantado seis viviendas en cinco años a pesar de los 5.000 millones de donaciones de la sociedad norteamericana”.

Proyectos “por valor de 30 millones de euros desaparecieron de manera sospechosa”, señala la investigación periodística “El negocio ante la mayor catástrofe natural en un solo país”, de Nicolás Castellano, Cadena SER.

Sobre las enormes sumas recaudadas, algunas se perdieron por la corrupción y la malversación. Una de las sospechas es que dirigentes de Haití también hicieron uso indebido del dinero.

La coordinadora del proyecto Sismo-Haití, Maria Belén Benito Oterino, denunció que “hay una mafia que lo envuelve todo, incluso las instituciones más fiables y rigurosas”.

“Durante casi dos años tras el terremoto de 2010, pude comprobar, en sucesivas visitas, que Puerto Príncipe permanecía prácticamente igual que el día después del terremoto, con los escombros sin retirar, las edificaciones en el mismo estado ruinoso en que habían quedado, y cientos de miles de personas durmiendo en campamentos improvisados”.

“Me llamó mucho la atención, porque lo normal, cuando ocurre un terremoto en cualquier parte del mundo, es retirar escombros y derruir las edificaciones que han quedado inestables, para evitar posibles colapsos ante futuras réplicas”.

“Cuando pregunté al haitiano que me acompañaba ‘Esto… ¿por qué?’ me respondió… ‘Esto es dinero’. La explicación radica en que, mientras se siguieran transmitiendo imágenes de Puerto Príncipe sumido en el caos, seguiría entrando ayuda económica en Haití”, dijo la también Catedrática de Geofísica de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM).

“El mismo haitiano me comentó: Haití es un país corrupto, sí. Pero la corrupción de Haití viene de fuera… Poco a poco, en mis sucesivas visitas, fui entendiendo lo que quería decir”.

“La corrupción de Haití, no solo desde dentro del país, sino de las redes que se entretejen también desde fuera, ha impedido que a estas alturas exista una red sísmica, una normativa sismo resistente y una política eficaz de mitigación del riesgo sísmico. En estos 11 años que han transcurrido desde el terremoto de 2010, apenas se ha preparado a la población, ni se han formado especialistas para abordar el fenómeno”.

“En los foros científicos de sismología, Haití sigue sin aparecer, a pesar de ser el país con el terremoto más letal de los últimos 50 años en todo el mundo. Es urgente que la comunidad internacional haga algo al respecto”, denuncia la catedrática.

“El terremoto es un fenómeno natural, la catástrofe no es natural. Ésta puede evitarse con las medidas preventivas adecuadas. Como sociedad, tenemos una responsabilidad, especialmente en los países más desarrollados, en la tarea de evitar catástrofes -que no son naturales- en países más desfavorecidos, como Haití”.

“Ello requiere reducir la vulnerabilidad, no solo la estructural, sino esencialmente la social, luchando contra una de las mayores lacras que la generan: las redes de corrupción dentro y fuera del país”.

Ocupación

Muchos haitianos veían en la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (Minustah) una ocupación internacional. Pocos meses después de su inicio, se produjo el primer incidente en el suburbio de Cité Soleil. Allí los soldados de los cascos azules, bajo comando brasileño, habrían actuado con brutalidad contra bandas criminales, los partidarios del presidente derrocado e incluso, contra gente que no estaba involucrada en nada.

Hubo varios casos comprobados de violaciones cometidas por soldados de la ONU, involucrados en abusos sexuales y prostitución de menores.

El mayor desastre se produjo en octubre de 2010, cuando estalló una epidemia de cólera. Los desechos de una estación de la ONU contaminaron al Artibonite, el principal río de la región.

Como consecuencia, por lo menos 600.000 personas enfermaron, entre 8.000 y 10.000 murieron. Rápidamente surgió la sospecha de que el foco inicial se hallaba en un campamento de cascos azules nepalíes.

Después de años de negar su responsabilidad, la ONU pidió perdón en 2016, pero poco ha hecho en materia de reparación financiera. Desde entonces, Haití intenta reconstruirse sin éxito.

El activista haitiano de derechos humanos, Nixon Boumba, describió en 2015 para el Post que “la pobreza ha empeorado en toda la capital”.

“Más mendigos en las calles, un aumento de los embarazos de adolescentes y más personas que se dedican al trabajo sexual. En realidad, gran parte de la ‘reurbanización’ se ha destinado a ayudar a los ricos y poderosos, no a los empobrecidos y desplazados que más lo necesitan.”

Luego de 13 años en Haití, las fuerzas multinacionales de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas se retiran. Solo a finales de 2016, Ban Ki-moon se disculpó vagamente y habló de indemnizaciones.

«Los haitianos dicen que las tropas de la ONU solo están para reprimir al pueblo, un pueblo que no acepta la situación de miseria y explotación tan grande que vive», dijo en esa ocasión la portavoz de la Coordinadora por el Retiro de las Tropas de Haití, Mónica Riet.

Movimientos sociales y telúricos

El dinero que habría servido para parte de la reconstrucción del país, más de 2.000 millones de dólares, cayó en manos de tres Gobiernos según un informe revelado por el Tribunal Superior de Cuentas.

En las calles de Haití retornan las protestas, la violencia y la arbitrariedad policial. El crimen arrecia, ahora, bajo la modalidad de secuestros indiscriminados.

Tras un año de pandemia, en 2021, el país vuelve a estallar y el caos es oportuno para que los mercenarios asesinen al presidente, sin dejar testigos. Sólo que ahora se revelan nuevos detalles del magnicidio de Jovenel Moïse el 7 de julio.

A poco más de un mes del trágico suceso, la conmoción de un nuevo sismo marca la tragedia de sus vidas, cuando todavía el pánico está en la piel desde 2010.

Un terremoto de magnitud 7,2 sacudió el sur de Haití, causando más de 2.200 muertos y miles de heridos. La desolación, la muerte, la nada y una única certeza, Haití siempre estará entre dos placas tectónicas.

Esa fricción se acumula y estalla. Entonces, una vez más la miseria, la de siempre, golpea de frente a los ojos de los espectadores.

Como en la naturaleza, en la sociedad siguen operando, bajo nuevas formas, los mecanismos de colonización; los procesos de descolonización tampoco se detendrán, como una piedra entre las dos placas tectónicas, siguen detonando movimientos sociales y telúricos.

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