¡Vaya, vaya! Parece que el gobierno de la República Dominicana ha encontrado una nueva forma de entretenerse: convertir la democracia interna de un partido en una telenovela de proporciones épicas. Con la ayuda de sus fieles mercenarios de la comunicación, esos paladines de la objetividad periodística, están desesperados por pintar la pugna por la secretaría general de la Fuerza del Pueblo (FP) como si fuera el fin del mundo político. Pero, ¿saben qué? Aquí les va una dosis de realidad con un toque de sarcasmo: esto no es una crisis, es un ejercicio democrático tan normal que hasta debería darles vergüenza exagerarlo.
Primero, dejemos una cosa clara: en cualquier organización —ya sea un partido político, un club de ajedrez o la junta de vecinos— cuando hay un puesto de liderazgo en juego, la gente compite. ¡Sorpresa! No es un colapso institucional, no es el apocalipsis, es simplemente la vida. En la Fuerza del Pueblo, distintos sectores internos están usando las herramientas democráticas y estatutarias que tienen a su alcance para imponerse. ¿Cuáles herramientas? Las de siempre: debates, propuestas, votaciones y, sí, un poco de drama para condimentar las cosas. Porque, admitámoslo, la política sin algo de salseo sería como un merengue sin ritmo.
Pero el gobierno, en su infinita sabiduría, ha decidido etiquetar esto como una «crisis». ¡Una crisis, dicen! Como si estuviéramos al borde del caos nacional porque dos o tres personas quieren ser secretarios generales. Por favor, si esto es una crisis, entonces cada elección en un sindicato, cada votación en una asociación de padres o incluso cada discusión sobre quién organiza la próxima fiesta del condominio debería ser declarada emergencia nacional. Imagínense los titulares: «Desastre en la cooperativa de café: dos candidatos para tesorero». ¿Ridículo? Exacto.
La verdad es que lo que está pasando en FP es un signo de vitalidad democrática. Hay diferentes visiones, liderazgos emergentes y los miembros del partido están ejerciendo su derecho a elegir quién los representa mejor. Eso es precisamente lo que debería ocurrir en un partido político sano. La alternativa sería un liderazgo impuesto desde arriba, sin cuestionamientos, donde todos asienten como borreguitos. Pero claro, quizás eso es lo que algunos prefieren, especialmente aquellos que ven la democracia como un inconveniente molesto.
Y aquí viene lo mejor: mientras el gobierno y sus voceros se desgastan magnificando esta situación, la Fuerza del Pueblo sigue su curso. Hay reglas, hay estatutos y los contendientes están jugando dentro de ese marco. Si hay tensiones, ¡bienvenidas sean! Porque de la tensión nace el debate, y del debate surgen las mejores ideas. Eso es mucho más de lo que se puede decir de otros lugares donde las decisiones se toman en la penumbra y se anuncian como si fueran mandatos celestiales.
Pero hablemos de la ironía suprema: ¿no es curioso que el gobierno, que debería estar ocupado resolviendo los problemas del país, dedique tiempo y esfuerzo a meterse en los asuntos internos de otro partido? Es como ese vecino fisgón que pasa el día espiando por la ventana para ver si en la casa de al lado discuten sobre quién lava los platos. ¿No tienen nada mejor que hacer? ¿Quizás gobernar? Parece que exagerar una competencia interna ajena es más fácil que enfrentar sus propios desastres.
Así que, queridos mercenarios de la comunicación y sus jefes en el gobierno, bajen el volumen al melodrama. No todo es una crisis. A veces —y agárrense de esta— es solo democracia en acción. Lo que está ocurriendo en la Fuerza del Pueblo es un proceso normal, saludable y, francamente, digno de un partido que respeta las reglas del juego. Y si esto les molesta tanto, quizás deberían preguntarse por qué les incomoda que otros practiquen lo que ustedes predican, pero no aplican. En fin, dejen de buscar villanos donde solo hay demócratas compitiendo y ocúpense de sus propios asuntos. El país se lo agradecería.








