
Buenos días. Otra vez gobiernos y organismos internacionales se manifiestan “dispuestos” a ofrecer “ayuda económica” a favor de Haití. Es la reencarnación de un episodio fracasado porque más que unos cuantos dólares esporádicos y la presencia de “misiones de paz”, Haití requiere de soluciones estructurales que le permitan salir de su condición de estado fallido, lo que jamás logrará con inventos salomónicos, con parches del momento que, si bien apaciguan la penosa situación de su pueblo por un par de días, latente queda un estado de cosas que encarnan profundos y preocupantes riesgos para su vecina República Dominicana. Haití es, al día de hoy, el principal peligro que se cierne sobre nuestro país. Dicho de forma más directa, su peligrosa inestabilidad política no solo abruma por la profundización de los problemas en todos los sentidos, sino que es una permanente amenaza para la seguridad de esta parte de la isla. Haití es hoy territorio de grupos mafiosos, manejados y financiados desde dentro y fuera por sectores de poder, los mismos que durante décadas han explotado y hecho negocio con su miseria. Haití no es garantía de nada, es tierra arrasada donde dominan bandas criminales armadas que imponen su reino a base de sangre y terror. Cada nuevo día aporta decenas de muertos, desaparecidos, secuestrados y miles de desplazados, pero se sigue jugando a tirar migajas para provocar lo peor, que no es otra cosa que materializar el viejo plan de unificar la isla. De ahí que, para sobrevivir como nación soberana, los dominicanos están obligados a enfrentar y asumir con coraje el combate férrreo de su principal peligro, Haití.








