
Buenos días. Los intentos que en las últimas décadas ha hecho República Dominicana por contener la migración masiva e ilegal de haitianos hacia esta parte de la isla, definitivamente han fracasado. Independientemente de que, a través de operativos coyunturales, se haya deportado a unos cuantos miles, la presencia entre nosotros de millones de ilegales se erige como prueba irrefutable de lo que afirmamos. Siendo así, estamos frente a un inquietante indicador de que, cuanto se ha hecho hasta el momento en la referida materia, no ha sido proporcional a la dimensión de un problema con perspectivas de desbordamiento, que nos podría dejar sin posibilidad alguna de preservar nuestra soberanía e identidad. El cuadro se hace más complejo cuando sectores fácticos de tanto alcance, influencia y poder, como la Iglesia Católica, entre otras corrientes religiosas, y gran parte del empresariado criollo, envían señales confusas a una población que amerita ser concientizada en torno a lo que representa una ocupación pacífica como la que vivimos hoy. Mientras unos, los empresarios, solo ven a los haitianos como una oportuna de mercado para hacer negocios y, a la vez, para obtener mano de obra barata, los religiosos se esfuerzan por buscar soluciones divinas a un problema provocado por intereses marcados, que son impulsados no por Dios, sino por demonios terrenales que ven República Dominicana como única solución de un Haití inviable. De ahí que no sorprendan los pronunciamientos de la Conferencia Episcopal con los que censura lo poco que actualmente se hace para contrariar el flujo creciente de indocumentados haitianos. En medio de situaciones tan interesadas y deplorables, solo queda como esperanza que los dominicanos se empoderen al unisonó de la defensa de su patria.








