Buenos días. Las lluvias de los últimos días nos enrostran con amargura la falta de un sistema de alcantarillado pluvial eficaz y vasto. Avergüenza en demasía que, en gran parte del territorio nacional, no se disponga de esa perentoria necesidad y, por aún, que donde existe, las autoridades correspondientes no hagan el mínimo esfuerzo por darle el mantenimiento de rigor. Santo Domingo y Santiago son ejemplos fehacientes de ese descuido, razón que expone a ambos centros urbanos a inundaciones frecuentes no solo de sus avenidas y calles, que se convierten en brazos de mar, sino que inunda hogares provocando pérdidas y desasosiego. El año pasado la capital dominicana fue presa de inundaciones que provocaron un verdadero desastre en vías públicas, parqueos, oficinas, edificios, residencias, ocasionando muertes, desaparecidos, cuantiosas pérdidas y cientos de vehículos arrastrados y ahogados, un cuadro dantesco que se explica en el hecho de que la gran urbe cuenta con menos de un 30 por ciento de alcantarillado pluvial. Y más reciente, Santiago, donde apenas dos municipios disponen de ese sistema, aunque abandonado a su suerte, prácticamente colapsó por las grandes inundaciones que le convirtieron en un solo río que inundó hasta su elevado de entrada a la ciudad. Lo penoso es que estos tristes episodios se repiten una y otra vez, sin que se vislumbren soluciones y, peor aún, sin que se habiliten ni quiera brigadas especializadas y asistidas con los equipos necesarios para, aunque fuere esporádicamente, realizar labores de limpieza y mantenimiento de imbornales. Con razón muchos afirman que esos lastres no se enfrentan con rigor y responsabilidad porque se trata de inversiones que, por ser soterradas, los políticos, gobiernos central y municipal, no les sacan beneficios partidarios. ¡Y parece que definitivamente es así!








