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Semana Santa dominicana: «Todo Incluido» de redención y ron

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Semana Santa al estilo dominicano.
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Nada dice «reflexión cristiana» como el sonido de una neverita de playa arrastrándose por el asfalto a las cinco de la mañana. Es la madrugada del Jueves Santo y, mientras la Iglesia se prepara para el lavatorio de los pies, el dominicano promedio está en medio de un operativo logístico que dejaría en vergüenza a la invasión de Normandía: bultos, tres galones de habichuelas con dulce, que técnicamente son un arma biológica si se dejan al sol, y suficiente alcohol para desinfectar el Caribe entero.

Es fascinante cómo hemos logrado la alquimia perfecta: transmutar el sacrificio de la cruz en un «bonche» de tres días con los pies en la arena. Somos un pueblo con una capacidad envidiable para la disonancia cognitiva. El dominicano es capaz de llorar frente al monumento el Jueves Santo, conmovido por la entrega del Señor, y para el Viernes a las tres de la tarde, la hora de la muerte de Jesús, estar en un «coro» en una piscina plástica en medio de la calle, debatiendo si el ron se pasa mejor con jugo de piña o con el agua bendita que sobró de la misa.

Porque, aceptémoslo, nuestra fe es selectiva y muy conveniente. El ayuno, ese concepto milenario de privación, en República Dominicana dura exactamente hasta que el estómago ruge a las once de la mañana del viernes. Ahí aparece el «ayuno dominicano»: un plato de bacalao con papas que pesa tres libras o un moro de guandules con coco que, si Cristo lo viera, preguntaría si todavía queda un poco en el fondo de la paila. «No como carne roja, esto es pecado», dice el compadre mientras se baja un servicio de lambí al ajillo y tres cervezas «vestidas de novia». Claro, porque nada dice «penitencia» como una indigestión de mariscos frente al mar.

Y hablemos de la estética de la piedad en la era de Instagram. La procesión del Santo Entierro se ha convertido en el desfile de moda más grande del país. Vemos a la «influencer» local con un velo negro transparente que grita «estoy de luto pero mírame el contorno de ojos», subiendo una historia con el texto: «Aquí, meditando sobre el sacrificio (Emoji de manos rezando, Emoji de copa de vino, Emoji de playa)». Acto seguido, la ubicación cambia de «Catedral Primada de América» a «Villa en Casa de Campo» en menos de lo que canta un gallo… o en menos de lo que Pedro negó al Maestro.

El dominicano es el único ser humano que puede decir, sin que le tiemble la cara: «La juventud de ahora no respeta, esto se ha perdido», mientras sostiene una ficha de dominó en un colmado, con la camisa desabotonada hasta el ombligo, el pecho sudado y una bachata de fondo que habla de cuernos y traición. Es una queja litúrgica, una tradición oral que se transmite de borracho en borracho. Nos molesta que el vecino ponga la música alta porque «es día de guardar», pero nosotros tenemos la planta eléctrica encendida para que no se nos caliente la cerveza, que es el verdadero «espíritu» que nos guía en este feriado.

Recuerdo a un primo que, un Sábado de Gloria, decidió que su forma de «resucitar» era saltar desde un segundo piso a una piscina de goma después de media botella de ron blanco. Cuando se partió un tobillo, su madre, que estaba terminando de rezar el rosario en la sala, salió y le gritó: «¡Eso te pasa por no respetar los días santos, buen vago!». Acto seguido, le dio un bocado de habichuela con dulce para que «se le pasara el susto». Esa es la esencia: el castigo divino siempre viene acompañado de un postre con pasas.

Al final del día, el Domingo de Resurrección nos encuentra a todos en una fila interminable en la autopista Las Américas, en la Autovía del Este o en la Autopista Duarte.. Miles de carros con el radiador pidiendo auxilio, niños llorando, arena en lugares donde no debería haber arena y una resaca moral (y física) que ni tres Avemarías ni un litro de suero logran quitar. El Señor resucitó, sí, pero el dominicano solo resucita el lunes al mediodía cuando el jefe le pregunta por el reporte que dejó pendiente.

Somos así. Somos el país que celebra la muerte de Dios con un festival de alegría pagana, porque en el fondo, nuestra mayor devoción no es al rito, sino a la vida misma (y a la cerveza fría). Puede que seamos unos hipócritas, unos irreverentes y unos «tigueres» con rosario al cuello, pero nadie puede negar que, si Jesús hubiera nacido en La Joya, en la Última Cena no habría habido pan y vino, sino un buen plato de chivo y una hielera llena hasta el tope. Al final, el dominicano lee esto, se ríe, se siente ligeramente ofendido por la verdad y dice: «Tiene razón el hijo de la gran puta, ¡pásame otra fría!».

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