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María Corina Machado y la ilusión de gobernar Venezuela

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María Corina Machado
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La política suele ser el arte de lo posible, pero para María Corina Machado, se convirtió en el escenario de una ilusión alimentada por promesas externas y un protagonismo mediático que chocó frontalmente con la cruda realidad del pragmatismo estadounidense. Mientras Machado se proyectaba como la heredera natural del poder tras una eventual caída del chavismo, los hilos del poder en Washington y las negociaciones secretas en Doha tejían una historia muy distinta, una donde su nombre simplemente no figuraba en la agenda de transición.

El 3 de enero de 2026, la incursión militar estadounidense que apresó a Nicolás Maduro y Cilia Flores pareció validar la narrativa de fuerza que Machado había promovido durante años. Sin embargo, el desprecio político que siguió fue fulminante. Donald Trump, el mismo líder al que ella dedicó elogios desbordados, sentenció públicamente que Machado no tenía el respeto ni el respaldo del pueblo venezolano para gobernar. Esta declaración no fue un exabrupto momentáneo, sino el reflejo de una exclusión sistemática planificada meses antes en conversaciones mediadas por Qatar, donde ni funcionarios de EE. UU. ni de Venezuela consideraron a Machado como una opción para el liderazgo pos-Maduro.

La ilusión de Machado se cimentó en una trayectoria que, según diversas fuentes, fue cuidadosamente moldeada por facciones extremistas de Washington, el linaje Bush-Rubio y el financiamiento de la National Endowment for Democracy (NED). Durante más de una década, operó como una pieza útil en el entramado de presión contra el Estado venezolano, alineándose con los intereses del lobby petrolero texano y la privatización de PDVSA. No obstante, cuando llegó el momento de la «Realidad Inmediata» como la llamó el propio Marco Rubio, Washington prefirió la estabilidad institucional sobre la coronación de una figura que ellos mismos consideraban carente de base social interna.

Uno de los puntos más patéticos de esta ruptura fue el incidente del Premio Nobel de La Paz. Fuentes cercanas a la Casa Blanca sugieren que Trump se enfureció cuando Machado aceptó el galardón, un premio que él deseaba para sí mismo por sus gestiones en Oriente Medio. En un intento desesperado por recuperar el favor del mandatario, Machado llegó al extremo de visitar la Casa Blanca para entregarle físicamente su medalla del Nobel, un gesto que el Comité Noruego recordó que es «personal e intransferible». A pesar de este acto de pleitesía, la administración Trump no cambió su postura: Machado era «agradable», pero políticamente inviable para dirigir la transición.

En lugar de Machado, Washington optó por coordinar con Delcy Rodríguez, permitiendo que asumiera la presidencia interina y consolidando un canal de comunicación directo que ya se había cultivado en Doha durante 2024 y 2025. Este giro dejó a la derecha internacional especialmente en México y España en un estado de desestabilización absoluta, pues habían comprado el producto de una «María Corina presidenta» que Washington nunca tuvo intención de vender. La exclusión de Machado subraya una lección histórica sobre la soberanía, el liderazgo no se construye en los pasillos del Departamento de Estado ni en las cenas de gala de los neoconservadores.

La verdadera agenda de Washington, como se evidenció tras la captura de Maduro, priorizó el control de los recursos naturales y la estabilidad del flujo petrolero sobre cualquier ideal democrático encarnado por la oposición. Mientras Machado pedía intervenciones y «máxima presión», los planificadores en Washington utilizaban su cabildeo como un mero argumento legal para justificar la operación militar ante sus propios tribunales, sin intención de otorgarle el mando efectivo del territorio.

Hoy, María Corina Machado queda como una figura suspendida en el vacío político, una «líder de redes sociales» cuya narrativa fue desinflada por el mismo poder que ella invocó como salvador. Su historia es la de una dignidad sacrificada ante el altar de la intervención extranjera, esperando unas migajas de poder que nunca llegaron. La ilusión de gobernar Venezuela desde el padrinazgo externo se disolvió ante el realismo de un imperio que no tiene aliados, sino intereses, y que en su agenda de transición prefirió pactar con las estructuras existentes del chavismo institucional antes que confiar en una figura que nunca logró conectar con la venezuela profunda.

En última instancia, el caso de Machado sirve de advertencia para aquellos sectores de la derecha que confían ciegamente en que el camino al poder en América Latina pasa por agradar a Washington. La política no perdona a quien confunde el ruido de los medios con el respaldo popular, ni a quien entrega su autonomía a cambio de una corona de papel que su propio creador está dispuesto a pisotear en un segundo. El propósito que Washington nunca puso en la agenda fue el bienestar de los venezolanos o la legitimidad de sus líderes; su único propósito fue, y sigue siendo, el control estratégico, un juego en el que Machado fue solo una ficha desechable.

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