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«Los pobres lloran a los ricos y los ricos a los suyos»

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Por Ramón Morel

En un país donde la desigualdad social es tan evidente como el sol del mediodía, las lágrimas no pesan igual según quién las derrama ni por quién se derraman. La frase “los pobres lloran a los ricos y los ricos a los suyos” retrata con crudeza una realidad social que se repite, una y otra vez, en los medios, en las calles y en los cementerios. Cuando muere un rico, la nación entera parece detenerse. Los titulares lo elevan, los políticos lo honran y hasta los humildes –con o sin saber por qué– lloran su partida como si fuese un ser querido. Pero cuando muere un pobre, el silencio es su epitafio.

Este fenómeno no es nuevo. Es una construcción cultural y mediática que responde a siglos de dominación simbólica. Los poderosos no solo concentran la riqueza; también han acaparado el derecho al duelo público. Un empresario muere en su yate o en su villa y, de inmediato, se organizan misas, actos solemnes, decretos de duelo y transmisiones especiales. En cambio, un obrero que muere aplastado en una construcción apenas merece una mención en la sección de sucesos, si acaso.

La raíz de esta diferencia está en el sistema de valores que se ha inculcado en los pueblos: admirar al rico, sentirle cercano, aun cuando viva detrás de murallas y lo mire desde arriba. Las telenovelas, las canciones, los discursos políticos y hasta los sermones religiosos han hecho del rico un personaje redentor, a veces filántropo, casi siempre superior. Al pobre se le ha enseñado a celebrar al patrón, a agradecerle el empleo, a llorarlo como si fuese parte de su familia, aunque nunca haya cruzado palabra con él.

No se trata solo de llanto literal. Es una metáfora de la manera en que los pobres son entrenados para defender los intereses de los poderosos, aún en su propia contra. Cuando se promulgan leyes que favorecen a los ricos, muchos pobres salen a apoyarlas con fervor. Cuando se denuncia la corrupción de un empresario o político acaudalado, no faltan voces populares que lo justifican, lo defienden, lo idealizan. Se ha logrado, en términos gramscianos, una hegemonía que trasciende lo económico: los pobres no solo obedecen, también justifican su obediencia.

El poder ha hecho de la muerte un espectáculo clasista. Los funerales de los ricos son transmitidos por televisión, adornados con flores importadas, rodeados de personalidades y protegidos por cuerpos militares. Los de los pobres suelen celebrarse entre callejones, con ataúdes prestados o de cartón prensado, y muchas veces sin poder cubrir los gastos mínimos. Pero lo más doloroso no es la diferencia material, sino simbólica: la muerte de un rico es una tragedia nacional; la de un pobre, una estadística más.

Y sin embargo, cuando el rico muere, los que más lloran no son sus iguales, sino sus empleados, sus choferes, sus domésticas. Los pobres que vivieron de sus migajas, que lo vieron como un «buen hombre», aunque jamás compartieran su mesa. ¿Por qué? Porque se ha sembrado la idea de que la cercanía al poder, aunque sea desde abajo, otorga prestigio. Porque muchos pobres creen que, al llorar a un rico, están llorando también una esperanza de ascenso, de protección o de afecto imaginado.

Al contrario, cuando muere un pobre, sus iguales sí lo lloran: su madre, su pareja, sus hijos, sus amigos de esquina. Pero los ricos no se enteran, ni falta que les hace. Salvo que ese pobre les haya servido fielmente o que su muerte provoque una protesta mediática, el sistema lo olvida. Incluso en los entierros, el tipo de llanto es diferente. El de los pobres por los ricos es solemne, reverente, casi obediente. El de los pobres por los suyos es desgarrador, rabioso, lleno de impotencia.

Esta desigualdad en la muerte refleja la desigualdad en la vida. Porque también en vida los pobres celebran más a los ricos que a los suyos. Basta ver los estadios llenos cuando un político o empresario financia un evento, o cómo se vitorean los logros ajenos mientras se ignoran los sacrificios del vecino. La solidaridad entre iguales se ha ido deshilachando, y en su lugar se ha impuesto la admiración vertical, servil y profundamente injusta.

Pero no todo está perdido. Cada vez más voces despiertan de ese letargo simbólico. Cada vez más personas cuestionan por qué la vida y la muerte de los pobres valen menos. Se están escribiendo canciones, poemas, artículos como este, que llaman a invertir la mirada. A llorar menos a los que jamás nos miraron y a empezar a valorar, en vida y en muerte, a quienes verdaderamente construyen este país con sus manos, su sudor y su esperanza.

Es hora de dejar de llorar a los ricos y comenzar a luchar por los pobres. No con odio, sino con justicia. Porque un pueblo que solo llora a sus opresores, jamás podrá liberarse. Que nuestras lágrimas no sean serviles, sino conscientes. Y que el día en que muera un pobre, todo el país lo sienta, porque será señal de que su vida, al fin, importó.

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