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Los huérfanos de los femenicidios

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Mónica Zapata
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Por  Mónica Zapata

(Activista comunitaria NY)

El eco silencioso de los homicidios
Hoy nos reunimos para hablar de una tragedia que no
solo apaga una vida, sino que hiere otras para siempre:
Los feminicidios.

Cada mujer asesinada deja un vacío irreparable, una
ausencia que no solo resuena en las estadísticas, sino en
los hogares, en las escuelas y en los corazones más
inocentes:

Cuando una mujer es víctima de feminicidio, no solo
perdemos una madre, una hija, una hermana. También
dejamos en la orfandad emocional y muchas veces
material a niños y niñas que no pidieron ser parte de este
horror.

Hijos que, en un instante pierden a su figura de amor,
cuidado y protección… y al mismo tiempo, en muchos
Estos casos quedan marcados por la violencia de un padre que
destruyó su mundo antes de destruir el suyo.
Porque los feminicidios no solo matan a una mujer,
rompen una generación.

Estos niños cargan heridas invisibles,
heridas hechas de miedo, silencio y confusión.

Niños que crecen con el trauma de haber visto, oído o
intuido lo que nunca debieron conocer el odio donde
debía haber amor.

Algunos enfrentan la dura realidad de pasar de un hogar a
instituciones o a familias que, aunque llenas de amor, no
pueden borrar la huella del trauma.

Otros cargan culpas que no les pertenecen, preguntas sin
respuesta, y un dolor que, sin atención y acompañamiento
psicológico, puede transformarse en depresión, ansiedad
o ciclos que repiten el mismo patrón de violencia.
Y aún así, ¿cuántas veces estos niños quedan invisibles
en el debate público?

Hablar de feminicidios no es solo hablar de justicia para
las mujeres, es también proteger la vida emocional y
social de los hijos, quienes deben ser tratados como
víctimas directas.

Apoyarlos psicológicamente, garantizarles estabilidad,
proteger su futuro educativo y emocional, no es un gesto
de ayuda: es un deber del Estado, de la sociedad y de
todos nosotros.

Porque al salvar a estos niños, estamos rompiendo la
cadena del trauma, estamos creando adultos sanos,
resilientes, capaces de construir relaciones basadas en el
respeto y no en el miedo.

Estamos apostando por un futuro donde el amor no
termine en violencia, acompañemos sus voces, aunque
todavía no sepan cómo gritar.
Acojamos su dolor, aunque todavía no sepan cómo
expresarlo.

Hagamos visible lo que por años ha permanecido en las
sombras: los hijos también son víctimas de los
feminicidios.

Que este compromiso no sea solo palabras, debes
convertirlo en acción, educación, prevención, y un abrazo
social y humano para quienes, sin pedirlo, cargan la
La herida más profunda de todas: perder a su madre por la
violencia machista.

Por ellas, por ellos, por una sociedad que elige la vida, la
empatía y la justicia, porque vivir sin los cuidados y el
amor de un padre es difícil, bien difícil, pero sobrevivir sin
una madre es casi imposible.

Hoy levantamos nuestras voces no solo por las mujeres
que ya no están, sino también por quienes siguen aquí…
los hijos e hijas que quedaron huérfanos por el asesinato
de sus madres.

Niños que no escogieron esta tragedia, pero que la llevan
marcada en el alma desde el día en que la violencia les
arrebató el abrazo más sagrado, el de su madre.

En la República Dominicana, hablar de feminicidios es
hablar de un dolor que se repite, año tras año, sin
descanso.

Pero cuando nos detenemos a mirar a los ojos a esos
niños, cuando escuchamos sus historias, cuando
entendemos su soledad, la magnitud de esta tragedia
adquiere un rostro, un nombre y un llanto.
Las cifras estremecen:

Entre 2016 y 2024, la violencia machista dejó en el país
1,072 niños, niñas y adolescentes huérfanos.
Sí, escucharon bien: más de mil niños sin madre en
apenas ocho años.

Detrás de esa cifra fría hay realidades desgarradoras:
524 son hijos e hijas directos de las mujeres asesinadas.
130 son niños que quedaron sin padre y sin madre,
porque su papá mató a su mamá y luego se suicidó o
cumple una condena en la cárcel.

418 son hijos de los agresores, que también perdieron a
un padre, no porque muriera, sino porque él decidió
destruir su propia familia.
Y estas cifras no se detienen.

En el año 2024, solo en ese año, 73 mujeres fueron
asesinadas por sus parejas o exparejas, dejando 77 niños
huérfanos.

La Fundación Vida Sin Violencia nos recordó una verdad
aterradora:
En 2024, al menos 54 niños quedaron huérfanos por
feminicidios íntimos.

Y este año, 2025, el dolor continúa acumulándose.
En los primeros seis meses ya contábamos con:
27 feminicidios,37 niños huérfanos solo en medio año
Y la cifra total de este año asciende a 79 huérfanos por
feminicidios cometidos por parejas o exparejas.
Si sumamos todo lo que hemos vivido en la última
década, podemos decir —con vergüenza y con rabia—
que en la República Dominicana estamos criando
generaciones completas de niños marcados por la
violencia.

Cuando una mujer es asesinada, la noticia se escucha, se
comparte, se comenta, pero pocas veces alguien se
detiene a preguntar:
¿Quién cuidará a sus hijos?

¿Dónde dormirán esta noche?
¿Quién les explicará por qué su mamá no regresará?
¿Quién escuchará el llanto que ellos sueltan cuando las
luces están apagadas?

Muchos de estos niños pasan a vivir con abuelas que ya
tienen más años que fuerzas, con tías que hacen
malabares económicos, con familias que, aunque están
llenas de amor, no siempre cuentan con los recursos para
sostener emocionalmente a un niño que vio o escuchó lo
peor de las violencias.

Algunos quedan en instituciones, otros luchan contra el
trauma sin acompañamiento psicológico, algunos callan,
otros repiten patrones, otros se pierden y muchos
—muchos— crecen con esta pregunta que el tiempo no
responde:

“¿Por qué me quitaron a mi mamá?
La violencia no mata a una sola persona, cuando un
feminicidio ocurre, no se apaga solo la vida de una mujer,
la violencia tiene un efecto dominó devastador:
mata futuros, rompe familias, hiere comunidades