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La ley del más fuerte: cuando el derecho internacional fue declarado obsoleto

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Ramón Morel
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Por Ramón Morel

No fue un accidente.
No fue un error de cálculo.
Fue una decisión consciente.

La ofensiva de Estados Unidos contra Venezuela, precedida por años de bloqueo económico, cerco financiero y asfixia deliberada, y culminada esta madrugada con el anuncio de la captura de un presidente en funciones, no representa una anomalía del sistema internacional. Representa su confesión final.

Aquí no se rompió una regla: se anunció que las reglas ya no aplican.

Del castigo económico al acto de fuerza

Durante años, el bloqueo contra Venezuela fue presentado como una herramienta “no violenta”. Una ficción jurídica conveniente. En la práctica, funcionó como arma de guerra: restringió alimentos, medicinas, energía, comercio y soberanía. La ONU lo observó, lo registró y lo toleró.

Luego vino el cerco naval implícito, la amenaza constante, la criminalización del Estado venezolano como paso previo a su deshumanización política.
El desenlace era previsible: cuando el castigo no produce rendición, la fuerza se normaliza.

La diferencia ahora es el descaro. Ya no se disimula.

El secuestro como mensaje

Anunciar la captura de un jefe de Estado extranjero no es solo un acto contra Venezuela. Es un mensaje al mundo: ningún cargo, ningún tratado, ninguna bandera protege si el poder decide intervenir.

Eso no es liderazgo global.
Es abandono explícito del derecho internacional.

Y lo más grave no es el acto en sí, sino el silencio posterior del sistema que debía impedirlo.

Trump y el lenguaje del propietario

Las declaraciones posteriores de Donald Trump no buscaron legitimidad legal ni consenso internacional. No lo necesitaban. Hablaron desde otro lugar: el del dueño.

Venezuela fue descrita no como país soberano, sino como territorio administrable, problema logístico, colmado ajeno que se cierra por la fuerza cuando molesta. Ese lenguaje no es improvisación: es doctrina.

Y no está aislado.

La doctrina de la amenaza permanente

Las advertencias públicas de Trump, Marco Rubio y el vicepresidente Vance contra México, Colombia y el conjunto del hemisferio occidental, junto con el renovado apetito territorial sobre Groenlandia, componen un mismo patrón: expansión por intimidación.

No se trata de enemigos ideológicos, sino de espacios disponibles.
No de defensa, sino de dominio residual.

La pregunta que se instala, y que nadie en la ONU parece dispuesto a formular, es brutal y simple:

Si Venezuela pudo ser bloqueada, asfixiada y decapitada políticamente sin consecuencias reales, ¿quién sigue?

La ONU: museo de normas sin fuerza

La Organización de las Naciones Unidas fue concebida para impedir exactamente esto.
Hoy funciona como notaría del poder: registra abusos que no sanciona, archiva violaciones que no corrige y administra un derecho internacional que ya no protege a nadie.

El veto se ha convertido en blindaje de la impunidad.
La igualdad soberana es una consigna decorativa.
El multilateralismo, una escenografía vacía.

Cuando una potencia puede actuar así sin freno, la ONU deja de ser árbitro y pasa a ser testigo irrelevante.

Un imperio sin hegemonía

Este acto no confirma la fortaleza de Estados Unidos. La desmiente.
La hegemonía no necesita secuestrar presidentes ni amenazar continentes. Eso lo hace el poder que ya no convence, que ya no ordena, que ya no lidera.

La imposición abierta de la ley del más fuerte no es señal de dominio estable, sino de declive estratégico. Cuando el centro pierde autoridad, recurre a la fuerza desnuda.

Reforma o colapso

Con este paso, el sistema internacional entra en una nueva fase:
o se reforma radicalmente, eliminando el veto, corrigiendo la desigualdad estructural y creando mecanismos reales de contención del poder o se acepta que el derecho internacional ha muerto y que el mundo vuelve a regirse por la intimidación.

No hay tercera vía.

El día que se cruzó la línea

Lo ocurrido con Venezuela no es un episodio regional. Es un precedente global.
Hoy fue Caracas. Mañana puede ser cualquier capital que estorbe.

Cuando la fuerza se impone sin consecuencias, el problema ya no es el agresor.
Es el sistema que lo permitió.

Y hoy, ese sistema se llama ONU.