
Buenos días. El encuentro del presidente Luís Abinader y Leonel Fernández ayer dejó tras de sí un inquietante sentimiento de preocupación acerca de lo peligroso que se ha tornado la situación en el vecino Haití. Tras las ponderaciones al respecto de uno y otro, ambos coincidieron en la urgencia de construir “una política de unidad nacional frente a la creciente crisis en Haití”, nación que no logra superar la espiral de violencia e inestabilidad en la que sigue inmerso, mientras campea la indiferencia de los actores internacionales. La reunión coincidió con la divulgación de un informe de la ONU, otro más, donde se revela que las pandillas ya controlan el 90% de la capital Puerto Príncipe, un preocupante indicador que presagia el «colapso total» del vecino país. Pero esas son solo cifras, la continuidad de la farsa política, de las simples denuncias, de la forma de hacer creer que hay preocupación real, mientras se sigue jugando a que los haitianos se coman vivos unos a otros, o que, desesperados, emprendan masivas y sangrientas estampidas hacia territorio dominicano, que es en el fondo lo que anhela la llamada comunidad internacional. Mientras se entretienen denunciando, jugando a qué hacer, dejando pasar, se acorrala a República Dominicana con exigencias que traicionan su sagrado derecho a preservar su territorio, soberanía e independencia. Y en lo que nos corresponde como nación, hay que admitir que fracasamos y seguimos fracasando en la respuestas hasta ahora diseñadas y aplicadas para preservarnos, por un lado, y para contener la invasión pacífica que padecemos. La mejor muestra está justamente en el hecho de que, a pesar del «reforzamiento de la frontera», de compra de armas, tencología e inteligencia, el suelo patrio concentra a más de cuatro millones de haitianos, un 90 por ciento de ellos en condiciones de irregularidad. Es la realidad no admitida, así lo veo…








