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El negocio del conflicto Dominico-Haitiano

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Por Ramón Morel

ENTREGA I – La Interdependencia Oculta

El discurso oficial dominico-haitiano, sostenido por décadas de tensiones, aparenta una rivalidad irreconciliable. Sin embargo, la evidencia empírica demuestra que lo que se presenta como conflicto es, en realidad, una relación de conveniencia mutua cuidadosamente administrada. La retórica nacionalista, que enciende pasiones en la arena política y mediática, encubre un flujo constante de intereses económicos que se entrelazan con precisión quirúrgica entre ambos Estados.

Durante el año 2023, las estadísticas oficiales del Banco Central de la República Dominicana registraron un incremento del 23% en el intercambio comercial con Haití, alcanzando un monto superior a los mil cien millones de dólares. Este dato contrasta con la retórica de confrontación que dominó ese mismo período, cuando el gobierno dominicano impuso un embargo temporal sobre exportaciones hacia Haití. Lo paradójico es que, en medio de esa supuesta crisis, centenares de empresas dominicanas obtuvieron permisos especiales para seguir comerciando a través de la frontera.

Documentos amparados en la Ley de Libre Acceso a la Información muestran que 347 empresas fueron autorizadas a exportar al mercado haitiano durante el embargo de enero de 2023. Es decir, mientras los discursos públicos hablaban de soberanía, seguridad y cierre total, la frontera económica seguía activa bajo otro nombre: “autorizaciones excepcionales”. El nacionalismo servía como cortina, mientras el capital mantenía su curso habitual.

Esta dualidad no es accidental. Investigaciones académicas revelan que un alto porcentaje de las empresas con operaciones en Haití financian, de manera simultánea, campañas políticas internas en República Dominicana que sustentan un discurso de endurecimiento fronterizo. Es un mecanismo de manipulación que convierte la tensión diplomática en una herramienta de rentabilidad. El conflicto se vuelve rentable, y la enemistad, un negocio.

En esencia, se ha institucionalizado una relación esquizofrénica: mientras los gobiernos de turno hacen gala de su defensa de la soberanía, los intereses económicos mantienen viva una dependencia mutua que contradice cada discurso. La frontera, presentada como herida, funciona como arteria económica. No hay enemistad entre las élites; hay reparto. Y esa aparente contradicción es, en realidad, el punto de equilibrio que garantiza la estabilidad del negocio.

El resultado es una política exterior sometida a la conveniencia empresarial, y un nacionalismo que sirve para distraer al pueblo de la complicidad real. Detrás de los discursos sobre seguridad fronteriza se esconde una lógica mercantil que define las relaciones bilaterales más allá de los gobiernos, sostenida por una alianza silenciosa que atraviesa ambos territorios.

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