
Buenos días. Si otorgamos credibilidad al hallazgo que sustenta el reciente estudio de Participación Ciudadana, respecto a la profunda crisis de desconfianza que afecta a los partidos políticos criollos, tendríamos que admitir que estos ameritan de un urgente proceso de reingeniería interna. Según se revela, solo un 20.4 por ciento de los dominicanos confía en los partidos políticos y sus lideratos, lo que sitúa a estas estructuras en el renglón de las peores valoraciones del espectro nacional. Y no es lo peor, el 44 por ciento ve a las citadas agrupaciones con un profundo sentido de negatividad, que toca casi lo extremo, en tanto expresa una desconfianza absoluta en lo que representan y hacen. De ahí que se sustente el criterio de que las citadas herramientas desarrollan un vínculo con correligionarios y electores, que descansa en asuntos marcadamente clientelares. El estudio en referencia, que preparara el politólogo y sociólogo Gustavo Alejandro Oliva Álvarez, con el auspicio de la Unión Europea, aporta materia suficiente y preocupante para que los partidos se enfoquen en auto estudiarse con miras a reorientar sus naturalezas y propósitos. Naturalmente, las informaciones aportadas por el estudio no sorprenden a muchos. Y no lo logran porque lo visible es que mientras el pueblo, la sociedad, se convierte en victima eterna de males sociales que afectan su calidad de vida y bienestar en general, los políticos patrocinan privilegios para sí mismo. Eso está latente en el alto financiamiento improductivo, que abarca períodos no electorales, en la permanencia de privilegios irritantes y vergonzantes, como el barrilito, el cofrecito, en las suntuosas exoneraciones de vehículos, los altos sueldos y las prácticas corruptas. Pero, además, los partidos no representan en esencia a sus votantes, ni asumen la defensa de los derechos ciudadanos a tener servicios estables, permanentes y de calidad. Tampoco se interesan por la defensa del presupuesto de la gente, cuya inestabilidad afecta sensiblemente su derecho a comer y vivir con dignidad. Pero más que todo, la falta de credibilidad de los partidos políticos encarna un preocupante y profundo cuestionamiento al modelo de democracia disfuncional que padecemos los dominicanos. Y ese tiene que tratarse como un problema de marca mayor.








