Suavecito… Una cosa es con violín y la otra… Hay un fenómeno extraordinario que la ciencia todavía no ha logrado explicar: la metamorfosis del político. En la oposición, es una mezcla de premio Nobel de Economía, experto petrolero y defensor incansable del bolsillo del pueblo. Pero apenas se sienta en la silla del poder, pierde la memoria, cambia el discurso y descubre que las matemáticas son distintas. Luis Abinader, Ito Bisonó y José Ignacio Paliza parecían tener la fórmula secreta para acabar con los altos precios de los combustibles. Criticaban cada ajuste como si fuera un crimen económico y hablaban con una seguridad que hacía pensar que la solución estaba guardada en el primer cajón del Palacio Nacional. Bastaba con ganar las elecciones. Las ganaron. Entonces apareció el monstruo de las «circunstancias». La prometida reforma a la Ley de Hidrocarburos, anunciada por el propio presidente ante el Congreso en 2021, desapareció sin dejar rastro. Nadie volvió a hablar de ella. Al parecer, la ley dejó de ser el problema en el preciso instante en que ellos comenzaron a administrarla. Y ahora nos presentan como una proeza «congelar» los precios durante tres meses, justamente cuando el petróleo ya retrocedía desde los máximos registrados durante guerra contra Irán. Es como felicitar al capitán del Titanic porque logró detener el barco… después de chocar con el iceberg. Pero no hay que sorprenderse. La oposición siempre vende soluciones; el gobierno vende explicaciones. En campaña sobran los héroes que prometen aliviar el bolsillo de la gente. La delincuencia también creyó en el cambio, pero, por lo visto, entendió el mensaje al revés. Durante la campaña, los dominicanos escucharon que la inseguridad no era consecuencia de un fenómeno social complejo, sino del fracaso de un gobierno incapaz. La solución parecía tan simple que daba la impresión de que los delincuentes estaban esperando el resultado de las elecciones para abandonar el oficio. Bastaba con que ganara el PRM y, casi por decreto, regresarían la paz y la tranquilidad. Ganaron. Y ocurrió el milagro de siempre: cambió el gobierno, pero también cambió el discurso. La delincuencia dejó de ser responsabilidad de quienes gobernaban para convertirse en un problema estructural, regional, histórico y hasta internacional. Lo que antes se resolvía con decisión, ahora necesita reformas, estrategias, comisiones, estadísticas, reuniones y mucha paciencia ciudadana. Mientras tanto, los atracos, los robos y la violencia siguen recordándoles a los dominicanos que las promesas electorales suelen vivir menos que los afiches de campaña. Lo curioso es la elasticidad del argumento político. Cuando estaban en la oposición, cada hecho delictivo era la prueba definitiva de que el gobierno había perdido el control del país. Hoy, los mismos hechos vienen acompañados de largas explicaciones sobre las dificultades del combate al crimen, exactamente las mismas explicaciones que antes calificaban como excusas. La política tiene estas maravillas. Desde la oposición, todos son expertos en seguridad, estrategas policiales y generales de escritorio. Desde el gobierno, descubren que perseguir la delincuencia no era tan sencillo como perseguir votos. ¡Es que las promesas electorales tienen una curiosa fecha de vencimiento: el día de la juramentación! (CE).








