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El difícil injerto del liderazgo político

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Por Hilario Ramirez

En los albores del proselitismo de cara a la anhelada candidatura presidencial, se desata en cada partido un vaivén de aspirantes cercanos a la principal figura de su organización, de quien emana un liderazgo de perceptible popularidad.

Sin embargo, al no contar esta con la posibilidad legal de postularse, todos compiten por obtener su respaldo.

Desde la petulancia política, muchos de los aspirantes a conducir los destinos de la administración del Estado, actúan imitando las características de los injertos, tanto en la botánica como en la medicina.

En el injerto humano, las principales complicaciones incluyen infecciones, necrosis (muerte del tejido por falta de irrigación), rechazo inmunológico, dolor y deformidades en la zona donante o receptora.

La palabra injerto evoca retos y valentía. En medicina, consiste en trasladar un tejido desde una zona donante hacia una receptora con el propósito de reparar, sustituir o mejorar una función dañada.

Cuando una parte importante de la población entiende que las instituciones públicas deben ser reparadas mediante la sustitución de sus actores gerenciales, ello responde a la percepción de que la transparencia en el manejo de los recursos públicos se ha deteriorado y de que las instituciones no están cumpliendo adecuadamente su función.

La popularidad del liderazgo del presidente Luis Abinader ha experimentado un desgaste producto del descontento de una parte de la población ante la insuficiente circulación de recursos en la economía.

Situación que impacta la calidad de vida de las familias y agrava la preocupación por el constante aumento del costo de la canasta básica.

Podría citarse como ejemplo el caso del Partido Revolucionario Moderno, donde la diversidad de aspirantes procura obtener el respaldo del mandatario, quien pese al descenso en algunos indicadores de opinión pública, todavía conserva un importante nivel de aceptación entre el electorado.

Un injerto es la unión de un tejido, vegetal o animal, sobre otro para que ambos crezcan y se desarrollen como un solo organismo.

«La libertad de expresión es el oxígeno de la democracia.»
— Leah Francis Campos

Trepadores que son vigilados por la administración diplomática Donald Trump.

Los oportunistas del negocio sin inversión encuentran amparo en estructuras de poder infiltradas en la política.

Muchos creen que el respaldo del líder de su partido, cuando este goza de altos niveles de aceptación, es suficiente para transferir automáticamente ese apoyo popular a su propia candidatura.

Quienes ayer olían a yerba y conuco, hoy recorren perfumados los pasillos de la burguesía, donde dilapidan el dinero del pueblo.

Han olvidado el código social que antes los identificaba para intentar parecerse a quienes construyeron un patrimonio empresarial sobre la base del trabajo honesto y del esfuerzo de generaciones.

A sabiendas del creciente divorcio entre la clase política y la ciudadanía, provocado por el uso indebido de los recursos aportados por los contribuyentes, la sociedad tiene el deber de observar con atención el lenguaje corporal y la conducta de quienes se aferran a la percha política.

Su comportamiento puede compararse con la cadena alimentaria.

Los productores —plantas y algas— elaboran su propio alimento mediante la fotosíntesis. En esta analogía representan a la población, base que sostiene todo el sistema.

Los consumidores son organismos que dependen de otros seres vivos para alimentarse. En la metáfora política, representan a quienes viven de los recursos generados por los contribuyentes.

Así, ciertos políticos y grupos empresariales favorecidos por el poder terminan ocupando el lugar de los consumidores terciarios y cuaternarios: los grandes depredadores que sobreviven alimentándose de los demás.

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