Por Ramón de Luna
Cierto, así era. Fueron los primeros tiempos de haber sido escogido como Presidente de la República. Nuestra simpatía hacia él era firme, sostenible. Pero al pasar el tiempo son tantas las cosas que ocurren que nos hacen ver que «lo que fue ayer, ya hoy no se repetirá por las intrígulis de la vida».
Me estoy refiriendo al presidente Luís Abinader Corona, amgio de larga data de su padre, Don Rafael, insuperable en sus hoteles de Plata de Verón como anfitrión. Es más, la última vez hace ya unos años que tuvimos Minucha y yo como invitados de honor y si no lo estoy confundiendo con un hermano suyo, fue Luís quien se encargó de nuestra estadía en Sol del Plata.
Pienso que como político, Luís Abinader ha cambiado. No lo hacía tan entregado al trumpismo y a otros funcionarios del actual ocupante de la Casa Blanca. Es más, muchos lo vemos como uno de los suyos, cuando pensamos que debió ser más prudente, más cauto, como se debe ser en la política, no tanto como dice la máxima «que debemos ser mansos como palomas, pero incisivos como serpientes».
Muchas veces nos hemos referido a él, unas cuantas en que hemos salido a su defensa, aunque nuestro trato ha sido como como ha debido ser: criticarlo sin ambages.
Recordemos que Luís no ha cobrado para sí el cheque que le corresponde como primer mandatario del país, sino que desde un principio anunció que mensualmente lo donaría a organizaciones sin fines de lucro e instituciones religiosas. Eso ocurrió en su primer período de gobierno.
Han sido cuantiosos los fondos, casi 5 millones y medio de pesos repartidos en partidas iguales de 334 mil por entidad. Fueron ayudas para enfermedades endémicas en sectores vulnerables como Capotillo Y Gualey.
Imaginamos que hará lo mismo con el salario que recibirá por todo el segundo período. Ningún otro mandatario ha sido tan desprendido que Luís y miren que pasaron ricos, o que se hicieron ricos como tales.








