
Buenos días. República Dominicana pasó a ser una sociedad violenta, un territorio donde ronda cada día la imagen de la muerte. Destilamos odio y sangre por doquier. A cada hora nos asaltan las crónicas con llamativos titulares en los diarios y la exhibición, muchas veces sin pudor alguno, de cadáveres en la pantalla del televisor. Nos atormentan la frecuencia de las narrativas sangrientas que ponen ante nuestros ojos las nuevas tragedias: asesinatos de mujeres, muertes y heridos en el tránsito, conflictos simples que derivan en casos lamentables, situaciones que toman nombres de víctimas y que no obligan a admitir que la muerte se nos introduce en la cotidianidad y, lo peor, nos acostumbramos a recibirla como algo normal. Al punto de que nos quedamos sin asombro frente a su secuela de sangre, dolor y luto. El raciocinio se quedó sin espacio, la comunicación llana, el intento de explicar y entender, la prevalencia del sentido común, el instinto de preservación de la vida, el gesto de la disculpa y el perdón, todo desapareció para dar paso a la violencia descarnada. Lo que brota agitado e irracional es lo que se lleva acumulado dentro. Lo espontaneo, lo inmediato, lo que prevalece, es sencillamente el impulso, la irracionalidad, las ganas de agredir, sed de violencia que concluye con sangre y muchas veces en muertes. El asesinato de 30 mujeres en lo quwe va del 2026, no enrostra que estamos ante la necesidad ineludible de sacudirnos, de rebelarnos como país, de reestudiar el comportamiento social y de regresar a laboratorio los viejos e inútiles esquemas que reproducimos en el pretendido combate al problema. La sociedad está enferma, la familia anda en trauma y la opción por la muerte, se nos convierte en el primer recurso para dirimir diferencias. Lo peor es que no tenemos respuestas.








