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Buenos días. Uno de los diarios del país destaca este lunes la proeza de un Congreso Nacional que exhibe una sorprendente agilidad en cuanto a la aprobación, al garete, a toda máquina, sin mayores ponderaciones, de todo cuanto le envía el Poder Ejecutivo. Lo que se repite hoy, ayer también pasó lo mismo, es que el partido gobernante aprovecha su mayoría congresual para aprobar a la carrera toda legislación que le convenga. Y el ejemplo que cita el diario destaca la aprobación a todo meter de unas nueve leyes del presente Gobierno, entre las que sobresale el paquete fiscal reciente. El viejo proceder obliga a cuestionar si vale la pena mantener un Congreso Nacional carísimo para que solo funja de sello gomígrafo del Palacio Nacional. Se entiende que la democracia tiene que mantener instituciones que garantizan el equilibrio del poder y que para eso requiere recursos públicos que los ciudadanos aportan mediante sus impuestos. Pero ese sacrificio ciudadano solo encuentra justificación cuando dichas instituciones cumplen eficazmente las funciones para las cuales fueron creadas. Cuando ocurre lo contrario, el gasto deja de percibirse como una inversión democrática y comienza a verse como una pesada carga para la sociedad. Eso hace cuesta arriba que mientras el país enfrenta desafíos en áreas tan sensibles como la educación, la salud, la seguridad ciudadana y el costo de la vida, los ciudadanos se sacrifiquen para mantener con elevados gastos a un Poder Legislativo que, además abultado, botarato y en gran medida innecesario, solo cumple órdenes. La patética realidad genera controversias en tanto alimenta la percepción de que opera una clase política desconectada de las prioridades de la población y que, más aún, representa un problema de fondo que no radica únicamente en lo que cuesta, sino en lo que recibe el dominicano a cambio… Continaremos.








