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Sermón Ignorado: el silencio de la prensa

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El Viernes Santo, 18 de abril de 2025, la Catedral Primada de América en Santo Domingo, República Dominicana, se convirtió en el epicentro de una tradición tan solemne como arraigada: el Sermón de las Siete Palabras. En este día único, donde la liturgia católica se despoja de la misa para conmemorar la crucifixión y muerte de Jesucristo, la prédica sobre las últimas palabras del Redentor adquiere una profundidad especial. Tradicionalmente, en la República Dominicana, este sermón trasciende la mera reflexión teológica para convertirse en un escenario de crítica social y política, un espacio donde la Iglesia alza su voz para señalar las realidades que afligen al país.

Sin embargo, la solemnidad del mensaje y la potencial resonancia de las críticas formuladas desde el púlpito parecen destinados a chocar frontalmente con la previsible indiferencia de la élite mediática dominicana. Mientras los feligreses se recogían en oración y reflexión, meditando sobre el significado de cada una de las siete frases pronunciadas por Jesús en la cruz, la prensa, esa supuesta vigía de la sociedad, probablemente afinaba sus titulares hacia temas mucho más “relevantes” para sus intereses y los de sus allegados. En el marco del Jubileo de la Esperanza 2025, un tiempo que debería invitar a la renovación y a la reflexión profunda sobre el bienestar colectivo, la omisión o minimización de un sermón que aborda directamente las esperanzas frustradas del pueblo resultaría, cuanto menos, irónica.

El sermón de este año no se anduvo por las ramas. Los predicadores, con valentía profética, señalaron con dedo acusador las tres grandes calamidades que asolan a la nación bajo la administración de Luis Abinader: la persistente desigualdad social, las precarias condiciones de los servicios de salud y la creciente inseguridad ciudadana. Estas denuncias, pronunciadas en el contexto de la Semana Santa, inevitablemente evocaron las palabras de Cristo en la cruz. Particularmente resonante fue la quinta palabra: «Tengo sed» (Juan 19:28). Esta expresión, que en su contexto original aludía a la sed física de Jesús en su agonía, fue elevada por la Iglesia dominicana como un clamor alegórico que refleja la sed de justicia, igualdad y seguridad que embarga a una parte considerable de la población. Esta sed no es solo un anhelo espiritual; es una necesidad palpable de acciones concretas que mejoren la calidad de vida de los dominicanos. En un país donde la esperanza debería ser el faro guía del Jubileo 2025, esta sed insatisfecha clama por ser saciada.

A pesar de los discursos oficiales que pintan un panorama de avances y prosperidad, la realidad que la Iglesia Católica se atrevió a exponer es mucho más sombría. La desigualdad social continúa siendo una llaga abierta en la República Dominicana. Informes recientes señalan que este problema persiste desde hace incontables años, con disparidades evidentes en la distribución de la riqueza y los ingresos. La pobreza sigue afectando de manera desproporcionada a las mujeres, evidenciando una marcada desigualdad de género. Promesas de presupuestos enfocados en reducir estas brechas suenan vacías cuando la realidad cotidiana muestra que una parte significativa de la población sigue luchando contra la pobreza.

En cuanto a la salud, si bien el gobierno ha informado sobre mejoras puntuales, como el remozamiento de algunas emergencias, las debilidades estructurales persisten. La falta de avances en la implementación de la atención primaria, los elevados costos de la atención médica y los medicamentos, los bajos salarios y la sobrecarga de trabajo del personal de salud, así como la deficiente infraestructura hospitalaria, son problemas que continúan afectando gravemente a las familias dominicanas. Incluso los esfuerzos por reducir la mortalidad materna e infantil sugieren que estos indicadores aún representan un desafío considerable.

La inseguridad ciudadana es otro frente donde las promesas de campaña parecen desvanecerse ante la dura realidad. Aunque las autoridades policiales puedan presentar estadísticas que muestren reducciones en la tasa de homicidios en ciertos periodos o territorios, la sensación generalizada entre la población es de vulnerabilidad y miedo. La necesidad de desplegar un gran número de efectivos de seguridad durante la Semana Santa es un claro indicativo de que la inseguridad sigue siendo una preocupación latente. Las reiteradas críticas de la Iglesia en años anteriores sobre estos mismos temas, sugieren una alarmante falta de progreso sustancial.

Y mientras la Iglesia Católica se atrevía a señalar estas dolorosas verdades, ¿dónde estaba la prensa dominicana? Seguramente, ocupada en destacar los últimos eventos sociales de la élite, las cifras maquilladas del turismo o los actos de inauguración de obras con dudoso impacto real. Durante la semana del 18 de abril de 2025, es muy probable que los titulares estuvieran adornados con noticias sobre la apertura provisional de alguna circunvalación , los preparativos para el asueto de Semana Santa , o quizás alguna tragedia puntual que sirviera para desviar la atención de los problemas estructurales.

La “neutralidad” de estos medios resulta sospechosa. Su aparente ceguera ante las críticas de la Iglesia, una institución con una profunda conexión con el sentir popular, solo puede interpretarse como una estrategia deliberada para no incomodar al poder de turno y a la clase pudiente que los financia. El sermón, con su denuncia valiente, probablemente fue relegado a una nota secundaria, si acaso fue mencionado. La prioridad, sin duda, fue mantener la narrativa oficial de un país en constante progreso, aunque este progreso no se refleje en la vida cotidiana de la mayoría de los dominicanos.

A diferencia de la prensa, es altamente probable que las palabras de la Iglesia resonaran profundamente entre la gente común. Aquellos que sufren las consecuencias de la desigualdad, que ven cómo sus seres queridos no reciben atención médica adecuada o que viven con el temor constante a la delincuencia, seguramente encontraron en el sermón un eco de sus propias luchas. Imaginemos a una madre soltera luchando para alimentar a sus hijos con salarios precarios, o a un anciano esperando durante meses por una cita médica en un hospital colapsado, o a un joven que ve cómo la falta de oportunidades lo empuja a unirse a las filas de la delincuencia. Para ellos, las palabras de la Iglesia no fueron meras reflexiones religiosas, sino un grito de auxilio ante una realidad que la prensa prefiere ignorar.

Así las cosas, no sería sorprendente que, una vez más, el gobierno y sus aliados mediáticos hagan oídos sordos a este sermón profético. Seguirán ensalzando los logros efímeros y las estadísticas convenientes, mientras la desigualdad, la precariedad en la salud y la inseguridad continúan minando el bienestar de la mayoría. La prensa, fiel a su papel de vocera de la opulencia, seguirá priorizando los eventos banales y la propaganda oficialista, hasta que, quizás, el pueblo dominicano deje de ser invisible por arte de magia. Solo entonces, y no antes, podríamos esperar una prensa que realmente sirva a los intereses del pueblo, en lugar de ser un mero eco de los poderosos.

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