
El calendario católico nos sitúa nuevamente ante la Semana Mayor, un periodo que, en teoría, invita al recogimiento, la pausa y el reencuentro con los valores cristianos. Sin embargo, lo que se vive en estos “días santos” es un verdadero culto al exceso. En efecto, lo que antes era un tiempo de silencio y sagrado respeto, ha pasado a ser, en gran medida, un despliegue de desenfreno donde las playas y balnearios se convierten en abiertos escenarios de consumo de alcohol, drogas, ruidos y sexo, una deprimente desconexión con el sentido original de la conmemoración católica. Quiérase o no, Semana Santa ha derivado a una especie de «vacaciones de verano salvajes», lo que obedece a razones y situaciones de las que la Iglesia Católica ha perdido el necesario control. Prevalece hoy la pérdida de los valores de moderación y respeto al prójimo, suplantados por un individualismo que ignora el entorno, mientras el bombardeo publicitario promueve la «gozadera» por encima de la paz interior, desvirtuando la esencia de la tradición. Mientras tanto, no hay señales, ni siquiera asomo, de que pudiera recuperarse la dignidad de una pausa que otrora tenía arraigo y respeto de hierro en el hogar y en el individuo. El «bebentismo» pasó a ser lo predominante, poniendo en riesgo la vida de miles de ciudadanos en las carreteras y aportando víctimas de muchos que salen a la diversión “santa”, pero que simplemente no regresan a sus hogares. El deprimente cuadro urge que se vuelva a la moderación, a la vez que, en lugar del culto al exceso, la Semana Santa abra un espacio crítico para mirar hacia la descomposición en la que caído y se planteé retos urgentes de recuperación…








