Inicio Opinión El negocio de administrar la pobreza

El negocio de administrar la pobreza

8
0
Ramón Morel
Spread the love

Cuando resolver los problemas deja de ser rentable para la política

Por Ramón Morel

Hay escenas que se repiten tanto en República Dominicana que ya casi forman parte del paisaje. Una calle destruida durante años recibe asfalto dos semanas antes de las elecciones. Un dirigente llega a un barrio cargando fundas de comida rodeado de cámaras y música. Una madre tiene que llamar a un político para conseguir una receta médica, un empleo temporal o una cita en un hospital público. La gente termina agradeciendo favores que deberían ser derechos normales en cualquier país medianamente organizado.

Y ahí comienza uno de los problemas más serios de nuestra cultura política.

La pobreza no solo produce sufrimiento. También produce dependencia. Y la dependencia, bien administrada, genera poder.

Por eso hay comunidades que parecen vivir en campaña eterna. Siempre les falta algo urgente. Siempre necesitan intermediarios. Siempre aparece alguien “resolviendo”. Lo extraño no es que existan ayudas sociales. Toda sociedad las necesita. Lo inquietante es cuando la precariedad se vuelve permanente y el auxilio sustituye el desarrollo.

En muchos sectores populares, la relación entre ciudadanía y Estado dejó de construirse sobre instituciones y terminó funcionando como una relación personal. No importa qué derecho te corresponde. Importa a quién conoces. Qué dirigente te responde el teléfono. Qué funcionario puede moverte una cita. Qué candidato puede “meterte en una nominita”.

La política comienza entonces a operar como un sistema de administración emocional de carencias.

Y eso tiene consecuencias profundas.

Porque un ciudadano que depende de un favor difícilmente se siente con autoridad para exigir. Aprende a pedir, no a reclamar. Aprende a agradecer lo mínimo. Aprende incluso a defender al mismo sistema que lo mantiene atrapado.

Hay barrios donde la presencia del Estado aparece únicamente bajo tres formas: campaña, operativos y policías.

Lo demás suele llegar tarde o no llegar.

Mientras tanto, generaciones enteras crecen viendo la pobreza como una condición normal del paisaje. Los problemas dejan de ser escándalos y se convierten en costumbre. El agua llega mal, la energía falla, las escuelas se deterioran, los hospitales colapsan y aun así la discusión pública termina reducida a cuál dirigente “ayudó más”.

El círculo es perverso porque funciona.

La necesidad obliga a la gente a acercarse al poder político para sobrevivir. Y parte del poder político necesita que esa necesidad nunca desaparezca del todo.

Resolver estructuralmente ciertos problemas puede resultar menos útil electoralmente que administrarlos lentamente. Un barrio completamente organizado, educado, independiente económicamente y con servicios funcionando produce ciudadanos más difíciles de manipular. Ya no aceptan cualquier discurso. Ya no se impresionan con una funda o una promesa repetida. Empiezan a preguntar por presupuestos, contratos, resultados y prioridades.

Eso cambia por completo la relación de fuerza.

Por esa razón, muchas veces se invierte más energía en mantener redes de dependencia que en construir soluciones duraderas. El clientelismo no aparece como un accidente del sistema. En algunos casos, el clientelismo es el sistema.

No hace falta mirar únicamente a los partidos. El problema es más amplio. Hay empresarios que viven cómodos dentro de ese modelo, funcionarios que construyen liderazgo repartiendo favores y hasta comunidades que terminan acostumbrándose a sobrevivir así porque llevan décadas sin conocer otra forma de relación con el poder.

Lo más delicado es que esta lógica termina destruyendo algo más importante que el dinero público: destruye la dignidad.

Porque la pobreza prolongada no solo vacía bolsillos. También desgasta carácter. Obliga a demasiada gente a negociar constantemente con la humillación. Personas trabajadoras terminan sintiendo que deben agradecer lo que ya pagaron con impuestos. Jóvenes talentosos entienden rápido que muchas puertas no se abren con capacidad, sino con padrinos. Familias enteras aprenden a vivir esperando “la ayudita”.

Y cuando una sociedad normaliza eso durante demasiado tiempo, aparecen deformaciones peligrosas.

La política deja de atraer administradores serios y empieza a premiar repartidores eficientes. El liderazgo se mide por la capacidad de resolver casos individuales mientras los problemas colectivos siguen intactos. Se celebra al funcionario que consigue una ambulancia de emergencia, pero casi nunca se castiga al sistema que hizo necesario ese favor personal.

Poco a poco, la emergencia permanente sustituye la planificación.

Y entonces ocurre algo todavía más grave: la pobreza comienza a ser útil para demasiada gente al mismo tiempo.

Útil para dirigentes que movilizan masas necesitadas. Útil para estructuras partidarias que distribuyen empleos temporales. Útil para sectores económicos que se aprovechan de mano de obra barata. Útil incluso para discursos políticos que necesitan víctimas constantes para seguir funcionando.

Mientras tanto, la clase media carga buena parte del peso tributario sintiendo que trabaja cada vez más para sostener un modelo que no logra corregir los problemas de fondo.

Lo paradójico es que ningún político admite esto públicamente. Todos hablan de progreso, transformación y oportunidades. Pero basta observar los resultados acumulados durante décadas para notar algo incómodo: hay comunidades que cambian de colores partidarios sin cambiar de destino.

La pobreza rota de administración, pero no desaparece.

En campaña aparecen caravanas, operativos médicos, cenas populares, promesas de asfaltado, electrodomésticos y discursos emotivos. Después llegan los años normales. Ahí es donde se descubre la verdadera prioridad de cualquier gobierno.

Porque gobernar no se demuestra inaugurando cosas. Se demuestra reduciendo dependencias.

Un país comienza a madurar cuando la gente puede resolver su vida sin arrodillarse ante nadie políticamente. Cuando conseguir atención médica no requiere llamadas. Cuando un joven encuentra oportunidades sin deberle obediencia electoral a un dirigente. Cuando las instituciones funcionan aunque no conozcas a nadie.

Eso es lo que vuelve peligrosa la autonomía ciudadana para ciertas estructuras.

El ciudadano independiente vota distinto. Habla distinto. Exige distinto.

Y sobre todo, pierde el miedo.

Por eso el debate sobre pobreza no debería limitarse únicamente a cifras económicas. Hay países con indicadores macroeconómicos que lucen bien en televisión mientras millones de personas siguen atrapadas en dinámicas de dependencia diaria. El crecimiento puede convivir perfectamente con la fragilidad social si la riqueza no transforma realmente la vida de la mayoría.

La propaganda intenta vender modernidad mostrando torres, carreteras y cifras de inversión. Pero el verdadero examen ocurre lejos de las cámaras. Ocurre en el hospital donde falta todo. En el joven graduado que solo consigue empleo si lo recomienda alguien influyente. En la madre que debe escoger entre comida y medicamentos. En el envejeciente que sobrevive esperando una pensión miserable.

Ahí es donde un país revela su verdad más profunda.

La tragedia es que muchas personas ya ni siquiera esperan cambios reales. Se conforman con sobrevivir un poco mejor que ayer. Y cuando una sociedad reduce sus expectativas de esa manera, el poder político encuentra terreno fértil para perpetuarse casi sin esfuerzo.

Porque quien solo piensa en sobrevivir rara vez tiene tiempo para cuestionar estructuras.

Sin embargo, algo empieza a moverse lentamente. Cada vez más ciudadanos observan con cansancio este modelo agotado de favores, dependencia y espectáculo político. Ya no basta con llegar al barrio en campaña abrazando niños frente a una cámara. Mucha gente comienza a notar que hay dirigentes expertos en acompañar la necesidad, pero incapaces de desaparecerla.

Y esa diferencia importa.

Importa porque define qué tipo de país se está construyendo.

Uno donde la gente tenga derechos reales.

O uno donde siempre tenga que pedir permiso.

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí