Nelson Reyes Estrella / Politólogo, periodista y Abogado. Docente de la Escuela de Ciencias Políticas de la UASD.
Del caudillo carismático al próspero empresario: dos épocas distintas bajo las mismas tensiones de soberanía, dependencia e influencia extranjera.
La historia dominicana tiene la extraña y persistente costumbre de repetirse. Cambian los nombres, cambian los discursos y cambian los actores internacionales, pero las estructuras de dependencia, subordinación y debilitamiento de la soberanía nacional reaparecen con inquietante similitud. El contexto actual podría incluso evocar episodios vividos bajo los gobiernos de Buenaventura Báez, Pedro Santana o Ramón Cáceres, figuras marcadas por fuertes vínculos e influencias extranjeras en momentos decisivos de la nación. Sin embargo, el paralelismo que más claramente parece proyectarse sobre el gobierno de Luis Abinader es el viejo ciclo político de Horacio Vásquez: una etapa caracterizada por acuerdos condicionados con Estados Unidos, tensiones en torno a Haití, endeudamiento creciente y debates sobre la soberanía nacional.
En los años posteriores a la ocupación militar estadounidense de 1916-1924, el país quedó condicionado por acuerdos políticos, militares y financieros con los Estados Unidos. El más emblemático fue el Plan Hughes-Peynado, concebido como una fórmula para poner fin a la ocupación, pero que, en la práctica, dejó intactos importantes mecanismos de control norteamericano sobre las finanzas y la institucionalidad dominicana, como una extensión de la Convención Dominico-Americana de 1905. Hoy, aunque formalmente no existe una ocupación militar, se percibe que la soberanía nacional vuelve a estar condicionada por intereses extranjeros, organismos internacionales y agendas geopolíticas vinculadas al llamado “Escudo de las Américas”, estrategia regional impulsada por Washington en materia migratoria y de seguridad.
El tema haitiano también vuelve a ocupar el centro de las tensiones nacionales. Durante la era de Horacio Vásquez, las relaciones con Haití estuvieron condicionadas por fuertes presiones diplomáticas internacionales y por la necesidad de responder a intereses externos vinculados al control fronterizo y la estabilidad regional.
En ese contexto, en 1929 se firmó el Tratado Fronterizo dominico-haitiano que estableció oficialmente los límites entre ambas naciones; sin embargo, posteriormente, el Protocolo de Revisión de 1936 introdujo modificaciones para atender varias reclamaciones haitianas que quedaron pendiente del acuerdo, lo que, para numerosos sectores nacionalistas, significó la pérdida de territorios que históricamente habían sido reconocidos como dominicanos desde el Tratado de Aranjuez de 1777, acuerdo firmado el 3 de junio de ese año entre España y Francia y que había definido formalmente la línea divisoria entre los territorios de Santo Domingo y Saint-Domingue en la isla de La Española.
Para la intelectualidad de la época, ese acuerdo se pactó bajo la influencia y la incidencia de los Estados Unidos. En la actualidad, el manejo de la crisis haitiana coloca nuevamente a la República Dominicana bajo la mirada y presión de los Estados Unidos y de organismos internacionales, generando el debate sobre hasta dónde llega la cooperación y dónde comienza la cesión de soberanía.
Otra coincidencia histórica resulta particularmente llamativa: el auge de corrientes nacionalistas radicales. En tiempos de Horacio Vásquez, sectores nacionalistas simpatizaban con las ideas autoritarias de Benito Mussolini y el fascismo europeo, como reacción al control extranjero y al deterioro institucional. Hoy emergen grupos nacionalistas que encuentran inspiración en el discurso político de Donald Trump, especialmente en temas migratorios, soberanía y confrontación cultural. La diferencia es que antes el referente era el fascismo europeo naciente; ahora el referente es el nacionalismo conservador estadounidense.
También se repiten las denuncias de corrupción, endeudamiento y sobrevaluaciones de obras públicas. El gobierno de Horacio Vásquez fue señalado por sectores opositores de comprometer financieramente al país y favorecer intereses particulares. En el presente, el endeudamiento externo continúa creciendo mientras persisten cuestionamientos sobre licitaciones, privilegios económicos y concentración del poder financiero. La narrativa del progreso vuelve a convivir con la percepción de una nación hipotecada.
En el plano político, las comparaciones adquieren un carácter casi simbólico. Horacio Vásquez era un viejo caudillo, enfermo y en el ocaso de su vida política; Luis Abinader representa lo contrario: un próspero empresario, dinámico y todavía en plena capacidad productiva. Sin embargo, ambos encarnan proyectos percibidos por sus críticos como excesivamente vinculados a intereses externos y a élites económicas.
En ambos períodos históricos, la República Dominicana ha estado condicionada por profundas crisis internacionales que han redefinido el orden político y económico mundial. Durante el gobierno de Horacio Vásquez, el país enfrentaba las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, la expansión del poder estadounidense en el Caribe y, posteriormente, el impacto devastador de la Gran Depresión de 1929, que debilitó las economías latinoamericanas y aumentó la dependencia financiera frente a Washington.
En la actualidad, el gobierno de Luis Abinader se desarrolla en medio de otra etapa de inestabilidad global: las secuelas económicas de la pandemia, las guerras geopolíticas, la crisis energética, el reordenamiento del comercio internacional, el fenómeno migratorio haitiano y la creciente disputa entre grandes potencias. En ambos contextos, la crisis internacional termina trasladándose a la política nacional, limitando márgenes de soberanía y condicionando las decisiones estratégicas del Estado dominicano.
También existe una marcada diferencia en el papel de la clase intelectual. En los tiempos de Horacio Vásquez, la intelectualidad dominicana ejercía una influencia mucho más determinante en la vida pública y en la formación de la conciencia nacional. Escritores, juristas, periodistas y pensadores participaban activamente en los grandes debates sobre soberanía, intervención extranjera, identidad nacional y destino político del país. Figuras como Américo Lugo, Federico García Godoy o Max Henríquez Ureña tenían capacidad de incidir en la opinión pública y confrontar directamente al poder político. Asimismo, comenzaban a surgir figuras como el profesor Juan Bosch y el doctor Joaquín Balaguer.
Hoy, aunque existen sectores académicos y comunicadores críticos, la clase intelectual luce más fragmentada, menos influyente y, muchas veces, subordinada a intereses mediáticos, partidarios o económicos, en una sociedad donde las redes sociales y la inmediatez informativa han desplazado gran parte del peso moral y político que antes poseían los intelectuales.
Incluso aparecen paralelismos en las alianzas políticas. El rol que jugaron Federico Velásquez y, especialmente, Rafael Estrella Ureña en el escenario de aquellos años encuentra, una equivalencia contemporánea en Guillermo Moreno: un aliado institucional con discurso ético, aunque con menos capacidad de movilización popular y menor agresividad política que Estrella Ureña en su tiempo, ambos santiagueros.
Y hay un detalle casi anecdótico, pero políticamente sugestivo: el vínculo de ambas familias presidenciales con Tamboril, territorio históricamente conectado con élites económicas y políticas del Cibao. La historia dominicana está llena de símbolos, y muchas veces estos terminan alimentando las narrativas de la continuidad histórica.
La gran diferencia es que en los años veinte el país salía formalmente de una ocupación militar extranjera. Hoy, la ocupación no necesita marines ni interventores visibles. Puede expresarse mediante dependencia económica, presión diplomática, endeudamiento, organismos multilaterales y estrategias regionales de seguridad. Es una ocupación menos visible, pero no necesariamente menos influyente.
Por eso, para quienes estudiamos la historia dominicana, pareciera que Horacio Vásquez hubiese reencarnado políticamente en Luis Abinader. No porque sean idénticos como personas, sino porque ambos representan momentos históricos donde la soberanía nacional, la influencia extranjera, el endeudamiento y la fragilidad institucional vuelven a cruzarse en un mismo punto de la historia dominicana.
La gran diferencia es que, debido a la madurez política e institucional del país, hoy resulta menos probable que se repita un golpe de Estado como el que terminó con el gobierno de Horacio Vásquez y facilitó el ascenso de Rafael Leónidas Trujillo al poder en 1930.








