
La gestión de Luis Abinader, que inició con la promesa de una “caja de cristal” y una transparencia sin precedentes, parece haber chocado con un muro de realidad que ni la más sofisticada maquinaria de publicidad estatal puede derribar. Hoy, la República Dominicana observa con desconcierto cómo el mandatario que hizo de la exposición constante su método de gobierno se refugia en un silencio estratégico mientras los problemas nacionales se agolpan sin tregua.
Al gobierno se le agostó la creatividad para justificar las deficiencias, y ante una ciudadanía que ya no se conforma con eslóganes, se le acabaron las mentiras. La suspensión de «La Semanal con la Prensa» desde el 8 de diciembre de 2025 es el síntoma más claro de este agotamiento. Lo que se vendió como una pausa para incorporar nuevas tecnologías no es más que el reconocimiento de que el formato se agotó y que el Presidente ya no tiene respuestas cómodas para preguntas que queman.
Los problemas se agolpan en la puerta de un Palacio Nacional que luce cada vez más distante. La economía, otrora el gran orgullo del oficialismo, muestra signos preocupantes de desaceleración, con sectores clave como la agricultura, la construcción y la manufactura local en caída libre. Mientras el discurso oficial insiste en una recuperación “ejemplar”, el Indicador Mensual de Actividad Económica (IMAE) apenas registró un crecimiento del 2.9% en julio de 2025, muy lejos de las metas proyectadas. A esto se suma una inflación acumulada que golpea los bolsillos de los más vulnerables y un peso que se deprecia frente al dólar, reviviendo fantasmas de crisis pasadas.
En el sector eléctrico, la situación es crítica. Los apagones no solo afectan los hogares, sino que han llegado a paralizar infraestructuras vitales como el Aeropuerto Internacional de Las Américas (AILA), la inseguridad ciudadana y el incremento de muertes a manos de la policía, como el caso del joven Darlin Mercado, han evidenciado que la cacareada reforma policial es, hasta ahora, más cosmética que real.
La creatividad gubernamental se ha limitado a la hipérbole y al espectáculo. Se han gastado miles de millones de pesos en publicidad para moldear la percepción pública, convirtiendo al Presidente en un actor de un relato triunfalista que choca con los datos verificables. Un ejemplo abismal es el ámbito educativo: mientras Abinader proclama haber construido 20,000 aulas nuevas, informes técnicos sitúan la cifra real en poco más de 3,000. Cuando la retórica eclipsa la realidad de esta manera, la confianza se rompe y el desencanto ciudadano aflora, reflejado en que un 70% de la población considera que el país va por mal camino.
Ante la presión, el gobierno ha optado por el repliegue. Proyectos de ley fundamentales, como la Ley de Ciberdelincuencia o la Ley sobre Trata de Personas, han sido retirados tras escándalos mediáticos, evidenciando una falta de planificación y una gestión que reacciona a los ruidos en lugar de dirigir con visión. El caso más decepcionante es la nueva Ley de Libertad de Expresión, que tras tres años de trabajo consultivo, fue «echada al zafacón» por el Congreso y el Ejecutivo, dejando al país atado a una legislación obsoleta de hace décadas.
El control de la narrativa se intenta mantener mediante una “mordaza sigilosa”. El uso discrecional de la publicidad estatal funciona como una herramienta de presión indirecta; no es casualidad que el 63% de los periodistas dominicanos admita haberse autocensurado en algún momento por miedo a perder contratos o represalias económicas. Aunque el país lidera índices formales de libertad de prensa, los profesionales en el terreno enfrentan agresiones físicas y acoso judicial que desmienten los premios internacionales.
Ahora, el gobierno tiene nada que decir porque las respuestas que requiere el país, sobre la reforma fiscal, la crisis eléctrica y la canasta básica, no se encuentran en un teleprompter. Un presidente no está obligado a vivir frente al micrófono, pero un líder democrático no puede dejar que su silencio se convierta en el titular más fuerte de su gestión. La caja de cristal ha puesto cortinas justo cuando el país más necesitaba claridad, y cuando la percepción sale a la calle “en chancletas”, la verdad oficial siempre llega tarde.








