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No se gana como quiera: la gran ilusión de un partido que renuncia al territorio

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Ramón Morel
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Por Ramón Morel

Hay momentos en la vida política en los que un partido, enceguecido por su propia propaganda, confunde los aplausos de una cúpula con el respaldo real de un país. Es un fenómeno recurrente, especialmente cuando la organización se convence a sí misma de que “ya ganó”, aun sin haber hecho el trabajo esencial para ganar. El autoengaño es dulce, pero la derrota que produce es amarguísima.

Este artículo aborda una paradoja que hoy se respira y se sufre en más de un proyecto político: ¿cómo puede pretender ganar unas elecciones un partido que desestimula el trabajo territorial, golpea a sus mejores cuadros y actúa como si la victoria fuera un acto de magia?

La respuesta es clara: no puede. No se gana como quiera. Y menos cuando se destruye la única maquinaria que convierte simpatías en votos reales.

  1. El espejismo del triunfalismo: un enemigo interno disfrazado de optimismo

El triunfalismo es una droga política: empieza como una motivación, pero termina creando delirios. Es una adicción que nubla el juicio, hace perder el sentido de urgencia y lleva a tomar decisiones que ningún estratega serio avalaría.

En algunos partidos, este virus se ha expandido al punto de convertirse en política oficial. Se repiten frases como:

  • “Ya eso está ganado.”
  • “Con la imagen del líder, basta.”
  • “El pueblo está decidido.”
  • “No hace falta liderazgo territorial.”

Mientras tanto, la estructura territorial, la verdadera columna vertebral de cualquier victoria, se debilita, se ignora o se maltrata. Se actúa como si los votos se generaran solos, como si los adversarios estuvieran dormidos y como si la historia electoral de este país no fuera clara: las elecciones se deciden en el territorio, no en la arrogancia de una oficina con aire acondicionado.

El triunfalismo lleva a un comportamiento aún más peligroso: la repartición anticipada del poder. Se discuten puestos, cargos, ministerios, direcciones… todo sobre un pastel que todavía no existe, y que probablemente no existirá si siguen apostando a la improvisación y al desprecio por su propia base.

  1. La política del apagón: cuando los brillantes estorban

Uno de los síntomas más preocupantes de un partido que marcha hacia el precipicio es la guerra interna contra la gente capaz.

En vez de fortalecer a sus mejores cuadros, los golpea.
En vez de valorar la trayectoria, la disciplina, la formación y el liderazgo natural, prefiere figuras grises con obediencia automática.
En vez de estimular la competencia sana, aplasta toda iniciativa que no provenga de “los de arriba”.

Es una paradoja cruel:

Los mismos dirigentes que construyeron el partido desde cero, que movilizaron gente cuando nadie creía, que pusieron su dinero, su tiempo y su prestigio, hoy son tratados como obstáculos.

Y la narrativa que algunos “genios” impulsan es una joya de incoherencia política:

“A los que brillan hay que apagarlos. A los que convocan hay que bloquearlos. A los que tienen liderazgo natural hay que desplazarlos.”

¿Por qué?
Porque su luz molesta.
Porque su legitimidad territorial no es negociable.
Porque no caben en la lógica del “control absoluto”.

Pero aquí surge una verdad simple: los brillantes son quienes garantizan que un partido tenga presencia real en las calles. Los grises no movilizan ni un colmado.

III. Golpear al liderazgo territorial: una receta para el colapso

En varios territorios —provincias, municipios, distritos— ocurre un fenómeno que mina silenciosamente la moral del partido: el golpeo sistemático a líderes de solvencia política, a dirigentes que han demostrado capacidad, arraigo y resultados.

Se les desplaza.
Se les humilla.
Se les cancela políticamente.
Se les escamotea el reconocimiento que se han ganado en la calle.

El daño es doble:

  1. El territorio queda sin dirección real, porque nadie mueve gente por quien no respeta ni a su propia estructura.
  2. Los demás dirigentes quedan desmoralizados, preguntándose con razón:

“¿Ganar para qué? ¿Para que después nos maltraten igual que a ellos?”

Ningún partido puede pretender triunfar mientras castiga a quienes construyen su fuerza en el terreno.

  1. El celo que frena el crecimiento: los que llegan… pero no los dejan entrar

Otro error grave —y cada vez más frecuente— es el maltrato a las figuras que llegan desde otras parcelas políticas. La dirección las anuncia, las exhibe, las promociona… pero luego no las juramenta, no las integra y no les permite trabajar.

¿La razón?
Celo interno.
Envidia política.
Miedo a perder espacio.
Inseguridad disfrazada de prudencia.

Es absurdo: se supone que un partido quiere crecer.
Pero al mismo tiempo bloquea la entrada de gente con votos, trabajo, reputación o liderazgo propio.

Ese comportamiento envía un mensaje devastador:
el crecimiento no es prioridad; el control sí.

Y un partido que teme a sus propios aliados está condenado a la irrelevancia.

  1. El territorio: la maquinaria que decide quién gana y quién hace el ridículo

En la política dominicana, y en cualquier democracia funcional, la victoria se construye desde abajo, no desde la cúpula.

El territorio es:

  • Donde la gente vive,
  • Donde surgen las demandas,
  • Donde se organizan voluntades,
  • Donde se arma la estructura del voto,
  • Donde se defiende cada mesa,
  • Donde se mide la temperatura real.

La estructura territorial no es un lujo: es la condición mínima para aspirar al triunfo.

Un partido que descuida sus estructuras de base, desconecta a sus direcciones medias, ignora a los comunitarios, desprecia a los dirigentes naturales y depende exclusivamente de la imagen de uno o dos líderes nacionales… está cavando su propia tumba electoral.

  1. La falsa idea de que la gente vota sola

Algunos directivos creen que el voto se mueve por inercia, como si el pueblo se alineara mágicamente detrás de un líder nacional. Pero el voto dominicano, urbano y rural, responde a una lógica concreta: la gente vota por quien la visita, la escucha, la respeta y le habla de cerca.

Nada de eso ocurre sin estructuras reales.

La mejor imagen nacional no compensa:

  • Un comité cerrado,
  • Un municipio abandonado,
  • Una provincia sin coordinación,
  • Un equipo desmotivado,
  • Un liderazgo local humillado,
  • O un territorio secuestrado por improvisados.

La política es contacto, es presencia, es confianza.
Y la confianza no se decreta; se construye.

VII. Cuando un partido renuncia al territorio, renuncia a la victoria

Hay una frase que algunos todavía se niegan a aceptar:
no se gana como quiera.

No se gana ignorando a la base.
No se gana apagando a quienes brillan.
No se gana maltratando liderazgo real.
No se gana bloqueando a los que llegan para sumar.
No se gana sustituyendo capacidad por docilidad.
No se gana repartiendo un pastel imaginario que aún no existe.
No se gana desconectándose de la calle.

La política no perdona la soberbia.
El territorio tampoco.

Cuando un partido se desconecta de su base, se desconecta del país.
Y cuando se desconecta del país, pierde.

VIII. La victoria tiene requisitos, no excepciones

La política es un oficio serio.
Las elecciones no son un acto de fe.
Los votos no son un accidente.

La victoria es el resultado de una ecuación implacable:

  • Estructura,
  • Trabajo,
  • Liderazgo,
  • Coherencia,
  • Respeto por la base,
  • Estrategia territorial,
  • Visión acumulada.

Cuando un partido cumple estos elementos, gana.
Cuando renuncia a ellos, se condena.

El mensaje final es contundente:

Un partido que desprecia su estructura territorial, desprecia su posibilidad de triunfo. Y uno que cree que puede ganar “como quiera” está destinado a perder como nunca.