Por Julio Disla
“No salgas, que te matan”.
La frase parece una advertencia. Una súplica. Un llamado a la prudencia. Pero en la tradición de lucha de los pueblos, esas palabras adquieren una dimensión mucho más profunda. Se convierten en una consigna de resistencia, en una herencia moral, en un mandato para quienes continúan el camino de los que cayeron combatiendo.
El poema de Fidel Soto Castro, escrito en homenaje a Homero Hernández durante el “Día del Valor Irreductible”, trasciende la anécdota y se transforma en una declaración de principios. Cada verso es una lección política. Cada línea es un recordatorio de que la derrota comienza cuando se abandona la convicción ideológica.
“No dejes el espíritu de combate que mueras”.
“No abandones la lucha, porque no existirás”.
“No des la espalda al pueblo, que serás olvidado”.
En tiempos donde la desmemoria se promueve como política de Estado y donde los poderosos pretenden borrar las huellas de quienes entregaron su vida por la libertad y la justicia, recordar se convierte en un acto de rebeldía.
Por eso conmueve profundamente el testimonio de Elsa Peña. No es solamente el recuerdo de una pérdida personal. Es el relato de una generación marcada por la persecución, la clandestinidad, el sacrificio y la entrega absoluta a una causa justa y colectiva.
Las últimas palabras que escuchó de su compañero fueron una promesa de amor y de protección: “Siempre protegeré con mi vida la tuya y evitaré ponerte en peligro”. Y cumplió esa promesa hasta las últimas consecuencias.
Aquel día fatídico, rodeado por hombres armados, salió del vehículo para enfrentar la muerte que venía por ambos. Recibió la ráfaga de disparos que le arrebató la vida, pero salvó la de la mujer que amaba.
Tenía apenas 28 años.
Veintiocho años de edad y toda una vida de combate acumulada. Porque su historia de lucha no comenzó en la juventud. Había comenzado siendo apenas un niño de nueve años, cuando la persecución política obligó a su padre a marcharse al exilio bajo la sombra sangrienta de la dictadura trujillista.
Esas son las historias que los libros oficiales suelen ocultar. Son las vidas que rara vez aparecen en los discursos de los poderosos. Son los nombres que algunos quisieran borrar para que las nuevas generaciones crean que la libertad, la democracia y los derechos llegaron por generación espontánea.
Pero los pueblos no avanzan por milagros.
Avanzan porque hubo hombres y mujeres capaces de arriesgarlo todo.
Porque hubo quienes no vendieron sus ideales.
Porque hubo quienes no escondieron sus armas morales.
Porque hubo quienes no arriaron sus banderas.
Porque hubo quienes, aun sabiendo que podían morir, decidieron mantenerse de pie.
La memoria de esos combatientes constituye un patrimonio político y moral que ninguna campaña de olvido puede destruir. Recordarlos no es un acto de nostalgia. Es una necesidad histórica.
Hoy, cuando el individualismo pretende sustituir la solidaridad; cuando el oportunismo intenta reemplazar los principios; cuando la acomodación y el confort se presentan como inteligencia política, las palabras de Fidel Soto resuenan con más fuerza que nunca:
“No te vendas, porque te reducirás y te reducirán”.
“No bajes la cabeza, que te parten la nuca”.
“No cambies de línea, que te la desdibujan”.
Son advertencias nacidas de la experiencia de quienes conocieron la represión, la cárcel, el exilio y la muerte. Son enseñanzas escritas con sangre y sacrificio.
Por eso el mejor homenaje a quienes cayeron no consiste únicamente en mencionarlos cada aniversario. El verdadero homenaje es continuar las luchas por las cuales entregaron sus vidas. Es defender la soberanía nacional, la justicia social, la dignidad humana y los derechos de los pueblos.
Que no haya olvido.
Que no haya silencio.
Que no haya renuncia.
Porque mientras exista memoria, los caídos seguirán combatiendo en la conciencia de quienes continúan su camino.
Y porque, al final, la última petición de los que dieron todo por sus ideales sigue siendo la misma:
“No salgas, que te matan… y sobre todo, no me olvides”.








