Por Ramón de Luna
Cuando cesaron las bombas y los cañones y los jefes de los aliados visitaron a Awchist, más de uno, hombres curtidos en la barbarie de las guerras vieron aquellos esqueletos humanos, desechos de hombres, mujeres y niños donde apenas la piel les cubría la osamenta, repetimos, más de uno se vio obligado a regurgitar lo que antes habían comido.
Montones apilados como los peores desechos en los galpones de la muerte, con los ojos desorbitados y algunos todavía con fuerza para llorar y reír al ver las tropas que venían a liberarlos de tanta infamia, de tanta ignominia.
Los que muy pocos podían enarbolar un tronco, un hierro, se encimaban contra sus antiguos verdugos que temero.sos lloraban, que pedían perdón, lo descarga con furia, con rabia contenida. Y los civiles alemanes fueron llevados allí por las tropas aliadas para que vieran los horrores cometidos por una claque militar liderada por un megalómano que se llegó a creer que era el amo del mundo, de los arios impolutos y soberbios.
Eso ocurrió entre 1939 y 1945. El resto de la historia millones la conocen. Ayer actores del triste holocausto. Hoy la punta de lanza en el Medio Oriente protagonizando actos de extermino de la raza palestina, matando niños como carne de cañón; echando a más de dos y medio de millones allende sus tierras que se han distribuido entre las ambiciones de los nuevos colonialistas de los llanos y serranía de la milenaria Palestina.
¿Por qué este nuevo holocausto? ¿Esta matanza y arrasando tierras que son ajenas? Turquía, Egito, Indonesia, Jordania, Pakistán, Qatar, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes hoy escupen vuestro rostro? Porque usurpan tierras que por milenios fueron el habitad de los ancestros palestinos. Y el mundo occidental ve con indiferencia lo que ocurre en el Medio Oriente. Una tierra dizque de religiones donde hoy resuena el retumbar de los cañones, la metralla y una guerra que no se ve acabar.








