Por Paino Abreu Collado
(Especial para De Ahora)
No soy especialista en educación, pero me siento en la necesidad de decir algo al respecto. Durante décadas, la asignatura Moral y Cívica desapareció de las aulas dominicanas. Las generaciones que hoy son padres -e incluso abuelos jóvenes- no recibieron una formación sistemática en valores, ciudadanía y convivencia democrática. Crecieron sin el espacio escolar estructurado que guiaba el carácter, explicaba los derechos y deberes, y enseñaba a vivir en comunidad. No es casual que muchos hogares hayan carecido de un marco claro para transmitir esas enseñanzas.
¿Cómo pudo ocurrir semejante dislate en la educación dominicana? Todo indica que la materia de Moral y Cívica empezó a perder presencia formal en la escuela a partir de la reforma educativa de 1994, un momento de la vida política nacional donde la atención estaba puesta mayormente en el cambio de gobierno. En esa reforma el enfoque por competencias redujo o fusionó asignaturas tradicionales como la moral y cívica, integrándola en otras áreas. La enseñanza de valores dejó de ser doctrinaria y se consideró como eje transversal que no requería obligatoriedad.
Reintroducir la moral y la cívica en la escuela primaria tiene doble valor. No solo hay que formar a los niños de hoy, sino que ello podría reparar un vacío formativo arrastrado durante años. En un giro social interesante, los hijos podrán ahora llevar a sus casas los valores y prácticas aprendidas en el aula, convirtiéndose en una fuente de educación para sus propios padres. Lo que antes iba de mayor a menor, ahora podrá fluir en ambas direcciones. Ambientalmente hablando tal situación sería lo que se dice “un palo”, porque acciones de muchos adultos que los niños miran, son sencillamente incalificables. Por ejemplo, tirar basura en cualquier lugar.
La moral y cívica no es religión ni adoctrinamiento: es educación para vivir mejor. La Moral enseña a distinguir lo correcto de lo incorrecto, a actuar con honestidad, responsabilidad y empatía. La Cívica enseña cómo funciona el Estado, qué significan nuestros derechos y deberes, cómo se participa en democracia y qué implica respetar el bien común. Son aprendizajes que los adultos también necesitan y que muchos nunca recibieron con claridad.
Pero esta asignatura no debe volver como una pieza de museo. Su regreso tiene sentido si se convierte en una herramienta moderna, activa y útil. Y nada conecta más la moral con la ciudadanía que proyectos concretos que los niños puedan poner en práctica. El medio ambiente es un ejemplo que une la ética con la ciudadanía. En un proyecto de comunidad limpia los estudiantes aprenden por qué es moralmente correcto cuidar el entorno; cómo afecta la basura al bienestar común, y cómo los ríos, bosques y espacios públicos forman parte de la casa grande que compartimos: la Nación. Ese aprendizaje elemental, es urgente.
El niño que aprende por qué no se debe tirar basura a un caño puede corregir amorosamente al adulto. La hija que entiende el valor del reciclaje puede introducirlo en su hogar. El estudiante que conoce la Ley 64-00 puede, incluso, convertirla en tema de conversación familiar. La escuela se convierte en un motor de transformación social que entra al hogar por la puerta que nunca falla: la palabra de un hijo.
Aunque personalmente estoy de acuerdo con la aplicación sin ambages de la ley, estoy consciente que la sociedad dominicana de hoy enfrenta desafíos que no necesariamente se resolverán con más controles ni castigos, sino con más valores y más ciudadanía. Convivencia deteriorada, uso irresponsable del espacio público, desinformación, pérdida del sentido de comunidad, etc., todo eso exige educación moral y cívica desde edades tempranas.
La vuelta de Moral y Cívica a la escuela como asignatura no es nostalgia; es necesidad; es formar a los niños y, al mismo tiempo, reconstruir la base ética y ciudadana de las familias.
Si logramos que Moral y Cívica sea un espacio de diálogo, reflexión y proyectos reales –como el cuidado del medio ambiente- la escuela podrá irradiar hacia la comunidad una nueva cultura de respeto, cooperación y pertenencia. Y quizá, por primera vez, veremos lo que siempre debió ocurrir: que la educación sea tarea compartida entre maestros, padres, y ahora también, hijos.








