Anécdotas del Banco Agrícola (8)
Por Paíno Abreu Collado
(Especial para De Ahora)
En lo personal no recuerdo, en casi 46 años de militancia política compartida con el Lic. Danilo Medina en el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), haber tenido un altercado y ni siquiera una discusión acalorada con él. Tampoco recuerdo haber hecho algo que lo perjudicara directamente, excepto que en ciertos momentos brindé apoyo a otros aspirantes, cuando hubo competencia a lo interno del PLD por la candidatura presidencial. No obstante, cada vez que Danilo ganó la lucha interna y se presentó como candidato, disciplinadamente recorrimos el país apoyándole.
En la fiesta palaciega del día de toma de posesión de Danilo en 2012, sentí una frialdad de hielo sobre mí y otros que habíamos servido por largo tiempo en los gobiernos de Leonel Fernández. No fui llamado a ocupar funciones públicas en el primero ni en el segundo gobierno de Danilo.
He seguido fielmente las ideas del Prof. Juan Bosch durante más de cinco décadas, desde el mismo día de la fundación del PLD. Como se sabe, el Maestro era radicalmente opuesto al grupismo y aunque sin dudas he tenido mis simpatías sobre el liderazgo político, nunca jamás fui parte de grupo alguno en el PLD.
Los que me conocen saben que esa es la verdad. Mi actuación ha sido de militancia firme y de cumplimiento estricto a los métodos de trabajo y a las responsabilidades políticas individuales y de equipo que han sido puestas a mi cargo. No obstante, estoy consciente de que en política no hay por qué extrañar la desconfianza sobre los que han favorecido al rival, por aquello de que “el amigo de mi enemigo es mi enemigo”.
Lo que sí recuerdo de mi relación con el Lic. Danilo Medina es que en el primer gobierno de Leonel Fernández, sucedieron dos cosas de carácter anecdóticos vinculadas al Banco Agrícola (Bagrícola).
La primera de ellas ocurrió el mismo día de nuestra juramentación al cargo de Administrador General del Banco Agrícola, puesto en el que me había designado el Dr. Leonel Fernández en agosto de 1996. Regresaba yo a mi hogar desde el Palacio Nacional por la Ave. 27 de Febrero y al doblar la esquina de la Núñez de Cáceres en dirección Sur-Norte, mi celular timbra insistentemente desde un número desconocido; decido contestarlo y la voz que escucho es la del Lic. Danilo Medina que me dice: “Paíno, te tengo la ayuda que tú necesitas como subadministrador en el Banco Agrícola, es una persona que conoce todo sobre esa institución”.
Le respondo, “compañero Danilo, pero ya yo le recomendé al Presidente a una persona muy preparada y en quien confío mucho”. Me dijo: “No, olvídalo, quien te va a acompañar es la persona que te digo, tiene mucha experiencia por haber trabajado muchos años en esa institución y te va a ayudar mucho”. ¿Qué podía hacer yo? Era prácticamente una orden del que ya se perfilaba como poderoso Secretario de la Presidencia.
Menos de dos años después, el recomendado por el Licenciado para ayudarme ya me estaba sustituyendo como Administrador General del Banco Agrícola.
La segunda anécdota es más interesante porque revela tipos de visión. Al poco tiempo de haber iniciado mi primera gestión en el Bagrícola, recibo otra llamada del Lic. Danilo Medina, quien manifiesta interés en verme personalmente. Le digo: “cómo no compañero, de inmediato salgo para el Palacio” y él me contesta: “no, no venga, yo iré al Banco”.
Efectivamente, fue a mi Despacho donde sostuvimos una difícil conversación en la que me planteó su idea de que el Banco Agrícola asumiera las tareas del INESPRE, adquiriendo y vendiendo ciertos productos de la canasta básica alimentaria, mayormente arroz y habichuelas.
Reconociendo el terreno que pisaba y lo que me podría sobrevenir al negarme a tal solicitud, midiendo las palabras, con mucha amabilidad y prudencia, le expliqué que ese rol no estaba dentro de las responsabilidades institucionales del Bagrícola y que justamente, a causa de haber introducido en el Banco rejuegos de ese tipo en el anterior gobierno, de seguro con la mejor intención del Dr. Balaguer, habíamos descubierto una actividad mafiosa en la institución que me obligó a someter a la justicia al anterior Administrador General.
Le expliqué la Ley de Fomento Agrícola Dominicana No. 6170 y las funciones del Bagrícola en torno al financiamiento de la producción agropecuaria y terminé solicitándole su ayuda en la búsqueda de fondos para poder cumplir con la verdadera misión del Banco. Como era de esperar, no quedó a gusto, pero aparentemente aceptó mi explicación.
Esa es la historia. Un Decreto del 27 de febrero de 1998 me envió al Instituto Agrario Dominicano a trabajar donde nunca quise, en una reforma agraria que en mi criterio nunca lo fue, excepto en cuanto a repartición de tierra, que dicho sea de paso, para la fecha, en su mayor parte ya estaba hecha.
Sin embargo, como dice el refrán, “no todo es tan malo que no tenga algo bueno”. Como no me gustaba el puesto, le dije al Presidente Fernández que no quería seguir en el IAD. Y entonces, me preguntó: ¿Qué usted va a hacer? Le dije, “me gustaría que me designe como Secretario de Estado sin Cartera, para coordinar con ese rango la Comisión Coordinadora del Sector Recursos Naturales y Medio Ambiente”, la que ya presidía por un Decreto anterior (No. 152-98), “con la misión específica de organizar y dirigir los trabajos de formulación de la Ley General de Medio Ambiente”.
El Presidente me complació (Decreto No. 84-99) y el objetivo fue cumplido en un año, logrando el consenso político y social necesario para su aprobación congresual, lo cual ocurrió en fecha 18 de julio del año 2000. Así se inició el proceso de construcción de la Ley 64-00 y el Ministerio de Medio Ambiente.
En los corrillos de la chismografía política se dice que al comenzar el segundo gobierno de Leonel, en agosto de 2004, el Presidente estaba listo para firmar el Decreto que todo el sector ambiental esperaba, incluyéndome a mí mismo, para designarme como Ministro de Medio Ambiente y que el Lic. Medina intervenido para que en esa posición se colocara a Max Puig. Nunca he podido corroborar dicha información, pero lo cierto es que el refrán: “yagua que está pa’ un burro, no hay vaca que se la coma”, en mi caso no se cumplió.
Pero los rezagos de las anécdotas que he contado no terminaron ahí. En el primer año de su segundo gobierno conseguí que el Lic. Medina me recibiera en su despacho. Le pedí que me diera un empleo en el gobierno y en caso de no hacerlo que me otorgara una pensión especial por mis veintiocho años y medio de servicios al Estado. Resultado, ni una cosa ni otra. ¿Antipatía? Eso parece.







