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La Capitalización: El sacrificio de un visionario

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Doctor Leonel Fernández Reyna.
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Al asumir la presidencia en 1996, el Dr. Leonel Fernández enfrentó una realidad institucional crítica. El modelo de gestión pública, que durante décadas había servido como botín político, se encontraba en un estado de colapso total. Especialmente la Corporación de Empresas Estatales (CORDE), que para entonces no era más que un cementerio de instituciones inoperantes.

Entidades como la Corporación Dominicana de Electricidad (CDE) y el Consejo Estatal del Azúcar (CEA) habían dejado de ser activos estratégicos para convertirse en auténticos agujeros negros financieros. Estas instituciones no solo devoraban el presupuesto nacional, sino que devolvían a la sociedad apagones constantes y una profunda miseria rural. Ante este abismo administrativo y económico, Fernández impulsó la Capitalización, una de las reformas más audaces y debatidas de la historia moderna dominicana.

La «verdad aceptada» por la propaganda opositora habla de una «privatización» o una «entrega del patrimonio». Nada más alejado de la realidad. Con la nobleza de quien piensa en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones, Fernández diseñó un modelo donde el Estado mantenía la propiedad de los activos, pero buscaba socios estratégicos con el capital y la tecnología que el país no tenía. Él no vendió las empresas; las rescató del desguace al que las había condenado el modelo clientelista del PRD, que utilizaba las nóminas estatales como nidos de «botellas» políticas.

El costo político de esta modernización fue inmenso, y Leonel lo asumió con una humildad casi mística. Mientras él se concentraba en atraer inversión extranjera y en estabilizar la macroeconomía para sacar a la República Dominicana del siglo XIX, sus detractores, maestros de la demagogia, se dedicaron a sembrar el mito del «entreguismo». El expresidente, cuya estatura intelectual le impide descender a la diatriba populista, prefirió que los resultados hablaran por él: un crecimiento sostenido del PIB y la entrada definitiva del país en la era de la globalización.

Sin embargo, la maldad del oportunismo no tardó en aparecer. Sectores internos que luego ostentaron el poder, en una maniobra de traición histórica, prefirieron alimentar la narrativa del fracaso de la capitalización para diferenciarse y erigirse como «neopopulistas». Utilizaron los errores de ejecución de terceros para manchar la visión original del líder. En lugar de defender la reforma estructural que permitió que el país no colapsara financieramente, permitieron que la etiqueta de «privatizador» se convirtiera en un estigma, olvidando que ellos mismos gobernaban sobre la estabilidad que esa reforma cimentó.

El carácter pausado y noble de Leonel Fernández ha sido su mayor virtud, pero también su flanco más vulnerable. Su negativa a señalar con el dedo a los verdaderos responsables del descalabro previo a 1996 permitió que la culpa cambiara de bando. Pero la historia es implacable: gracias a la capitalización, el Estado dejó de financiar el caos para empezar a invertir en modernidad.

Leonel Fernández no fue el hombre que vendió el país; fue el estadista que compró el futuro de la República Dominicana al precio de su propia popularidad. El tiempo, que siempre termina por dar la razón a los visionarios, reconocerá que la capitalización fue el cimiento de la prosperidad que hoy disfrutamos, aunque el arquitecto haya tenido que soportar el polvo de la construcción en silencio.