Mi mata es frondosa, llena de verdor y fortaleza, pero en cada temporada, aunque su carga de capullos abre y muestra su flor hermosa y perfumada, se siente la ausencia del esperado fruto. La pregunta brota siempre, en cada oportunidad, aflora con un dejo de frustración, qué ocurre con mi mata de Pitahaya o flor del dragón.
Y anoche quise vigilar porque, cuando el resto de los árboles y plantas duermen, la pitahaya despierta en la oscuridad para ofrecer uno de los espectáculos más sublimes de la naturaleza.
Sus capullos, que pacientemente guardan el secreto de su belleza, comienzan a abrirse revelando flores majestuosas, de un blanco impoluto y pétalos que parecen esculpidos en seda.
Al desplegarse, liberan un perfume embriagador, una fragancia dulce y mística que viaja en la brisa nocturna, invitando a la vida a presenciar su efímero esplendor, pues su belleza dura apenas unas horas antes de que el sol del amanecer la marchite.
Y como si el maravilloso espectáculo encubriera algún misterio, entre los brazos espinosos de la planta surgen algunas variedades conocidas cariñosamente por los cultivadores como «machos», razón por la que, como ocurre con mi planta, no cuajan los frutos.
Eso sí logré comprobar en mi vigilancia nocturna. El macho de la Pitahaya regala la misma belleza deslumbrante y despliega flores idénticas en aroma y majestuosidad. Es como si jugara a la ilusión de la fertilidad, pero sus entrañas no guardan la semilla de la creación.
Por algunas horas florecen hermosas, llena de pasión y olores, solo que al volver cuando la salida del sol se convertía en otro espectáculo de la naturaleza, comprobé que sus flores cayeron sin cuajar el anhelo.
¡Pero igual disfruté de un tributo puramente estético como regalo de la noche!









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