Buenos días. Con firmeza casi dramática, el Papa Francisco reclamó ayer de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), reunida en su tierra Argentina, que luche “contra el pecado de la desinformación” y que no caigan “en la tentación de la coprofilia que consiste en el amor a la cosa sucia, a los escándalos, porque hay medios que viven de publicitar escándalos sean o no verdades”. Francisco envió un enérgico mensaje a los participantes de la Asamblea de la SIP y en el pidió también que los medios de comunicación ayuden a la paz y “a una convivencia digna, a una solidaridad de las naciones, al cuidado de lo más débiles”. El pedido del Papa es sabio y no puede ser más oportuno, aunque talvez debió ser un poco más directo y frontal. ¿Por qué? Sencillamente porque la SIP no es un sindicato de periodistas, ni de trabajadores de la prensa, sino la organización que integra a los dueños de la gran prensa del continente, a esos que efectivamente tienen el poder de controlar los contenidos que difunden y de aplicar correctivos y controles para que los poderosos aparatos de información masiva, puedan ser colocados al servicio de las causas nobles del ser humano. ¡Pero los medios de comunicación son empresas y sus dueños procuran ganancias y poder! ¡No son inocentes pasatiempos, tampoco instrumentos de beneficencia social! La desinformación hoy día es una industria permitida que maneja cifras súper millonarias. La debacle que inquieta al Papa es definitivamente parte del negocio porque a los grandes dueños de la prensa, por un lado, les proporciona beneficios y, por el otro lado, la gran prensa es parte de la superestructura de dominación social. ¡Y cuántas aristas no podemos analizar alrededor de las preocupaciones de Francisco! Por eso hay que volver…








