
Buenos días. Haití definitivamente es una causa perdida. Un vergonzoso reducto de miseria, desorden, inseguridad e inestabilidad política, una existencia despreciada, ignorada, abandonada, una negación de la que nadie quiere encargarse, ni quisiera aquellos que la explotaron hace tanto tiempo y que cobraron por su independencia. Haití es una suerte de mirada perdida donde solo lo inverosímil tiene rostro, donde las huellas del dolor, del hambre arropante, interminable, de la falta de aulas, empleos, salud, oportunidades de dignificación humana, derecho a vivir en orden, son misiones definitivamente imposibles. Y mientras agoniza en poder de criminales organizados y financiados por empresarios, militares y políticos del patio, además de fuerzas e intereses foráneos, crece el desafío de convertirse en un recuerdo maldito de la historia. Parecería una realidad irreversible y por cada minuto que transcurre, se torna más incierta y peligrosa la situación para los dominicanos. Haití está a la deriva y mientras la marcha fúnebre ensordece con sus pasos acelerados hacia la hecatombe definitiva, los dominicanos seguimos dispersos, no contamos con la suficiente conciencia de las consecuencias a las que nos exponemos. Al contrario, damos señales de no estar a la altura del peligro que se cierne sobre nosotros hombros. De este lado no queda espacio para amagos, titubeos, ni berrinches. Es tiempo de comprender que solo la defensa determinante y férrea de nuestra soberanía, de nuestro suelo patrio, impedirá que como nación independiente y soberana, irremediablemente desaparezcamos. No es tiempo de juegos…








