Por Ramón Morel
La economía dominicana volvió a crecer. Según el Banco Central, la actividad económica registró una expansión interanual de 6.4 % en junio y acumuló un crecimiento de 4.5 % durante el primer semestre de 2026. La minería aumentó 18.1 %, la construcción 14.9 % y las zonas francas 5.8 %.
Son cifras positivas. Negarlas sería tan irresponsable como utilizarlas para afirmar que la prosperidad ya llegó a los hogares dominicanos.
Porque mientras la economía avanza en los informes, una parte considerable de la población continúa retrocediendo frente a la góndola del supermercado, la factura eléctrica, el alquiler, los medicamentos y los útiles escolares.
Ese es el verdadero contraste nacional: tenemos cifras felices y bolsillos vacíos.
Crecer no significa distribuir
El crecimiento económico mide cuánto produce una nación, pero no explica cómo se distribuye lo producido ni cuánto de esa expansión alcanza a quienes viven de un salario, una pensión o un pequeño negocio.
Una economía puede crecer impulsada por la minería, las zonas francas, el turismo, la construcción y los servicios financieros sin que ese dinamismo se traduzca automáticamente en una mejoría proporcional para la mayoría.
Por eso, la discusión no debe limitarse a determinar si la economía está creciendo. La cuestión esencial es saber quiénes están recibiendo los beneficios de ese crecimiento.
Cuando el producto aumenta, pero los salarios pierden capacidad de compra; cuando las grandes actividades económicas se expanden, pero los pequeños comerciantes apenas sobreviven; cuando el Estado recauda más, pero los servicios básicos se deterioran, el problema no es estadístico. Es distributivo y político.
La riqueza existe. Lo que falta es convertirla en bienestar compartido.
La inflación que vive la gente
El Banco Central informó que la inflación interanual alcanzó 5.67 % en junio de 2026, por encima del rango meta de 4 % ± 1 %. La propia institución reconoce que la inflación podría mantenerse temporalmente fuera de ese rango debido, entre otros factores, al encarecimiento internacional del petróleo.
Sin embargo, el consumidor no experimenta la inflación como un porcentaje promedio.
La siente cuando compra menos alimentos con el mismo dinero; cuando debe sustituir productos, reducir cantidades o eliminar la proteína de algunos días; cuando llenar el tanque del vehículo se convierte en una operación financiera; o cuando una enfermedad inesperada desorganiza por completo el presupuesto familiar.
El promedio estadístico distribuye matemáticamente las variaciones de precios. El hogar dominicano, en cambio, concentra sus gastos en alimentos, transporte, vivienda, educación, electricidad y salud. Precisamente en los renglones que no puede dejar de consumir.
Por eso puede existir una inflación oficialmente moderada y, al mismo tiempo, una percepción social de encarecimiento mucho mayor. No necesariamente porque la gente desconozca las cifras, sino porque conoce demasiado bien sus propias cuentas.
Hambre cero no significa mesa llena
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura ha reconocido que la República Dominicana se encuentra encaminada hacia el cumplimiento del objetivo de Hambre Cero para 2030. Es un avance que debe valorarse.
Pero salir del mapa del hambre no equivale a haber garantizado una alimentación suficiente, saludable y estable para todas las familias.
La subalimentación es un indicador específico. No mide, por sí sola, la calidad de la dieta, la inseguridad alimentaria moderada, la dependencia de ayudas sociales ni el sacrificio económico que realiza una familia para colocar comida sobre la mesa.
Una persona puede no encontrarse técnicamente en condición de hambre y, aun así, alimentarse mal. Puede comer todos los días, pero reducir proteínas, frutas y vegetales porque sus ingresos no le permiten adquirirlos regularmente.
No se trata de desacreditar el progreso alcanzado. Se trata de impedir que un reconocimiento internacional sea convertido en certificado de satisfacción nacional mientras miles de hogares siguen haciendo malabares para completar las tres comidas.
El espejismo de los promedios
Los promedios nacionales tienen una virtud técnica y una limitación humana: reúnen realidades profundamente desiguales en una sola cifra.
En el mismo porcentaje de crecimiento aparecen el inversionista que amplía sus beneficios, el trabajador que recibe el mismo salario y la madre que compra a crédito en el colmado. Todos forman parte de la economía, pero no participan de sus resultados en condiciones semejantes.
El crecimiento tampoco llega con la misma intensidad a Santo Domingo, Santiago, la frontera, el Sur profundo ni los municipios rurales. Mucho menos alcanza por igual a trabajadores formales, chiriperos, pensionados, agricultores y pequeños comerciantes.
Cuando se gobierna exclusivamente desde los promedios, se corre el riesgo de administrar un país que existe en las hojas de cálculo, pero no en los barrios.
La macroeconomía importa. La estabilidad monetaria, el crecimiento, las reservas internacionales y la inversión son indispensables. Sin esos fundamentos no existe desarrollo sostenible. Pero esos indicadores son medios, no fines.
El objetivo de una economía no puede ser producir informes satisfactorios, sino garantizar que la prosperidad se convierta en empleo digno, salarios suficientes, servicios eficientes y oportunidades reales.
La prueba definitiva
El Gobierno tiene derecho a exhibir los resultados positivos de la economía. Lo que no puede hacer es presentar una recuperación sectorial como si constituyera una victoria completa sobre las dificultades cotidianas.
La verdadera prueba no estará en una conferencia de prensa ni en una gráfica ascendente. Estará en la capacidad de compra del salario, en la calidad de los empleos creados, en el costo de la comida, en el acceso a los medicamentos y en la posibilidad de que una familia llegue a fin de mes sin endeudarse.
No basta con que crezcan la minería, la construcción o las zonas francas. Hace falta que también crezcan los ingresos reales, la seguridad económica de los hogares y la calidad de los servicios públicos.
Las estadísticas pueden demostrar que el país produce más. Todavía falta demostrar que los dominicanos viven mejor.








