Se celebró ayer en República Dominicana el “Día Nacional del Periodista”, instaurado mediante la Ley 5807 del año 1962. En la actualidad, los periodistas tienen más preocupaciones que motivos para celebrar, una realidad que cobra forma en un conjunto de factores internos y externos que, en su mayoría, escapan a su control y voluntad. Pudiera afirmarse que en el país se respeta el trabajo de los periodistas, salvo algunas excepciones que hemos tenido, pero no se puede negar que los bajos salarios empujan a estos al pluriempleo y al emprendimiento (programas de televisión, de radio, diarios digitales, trabajos de relaciones públicas y otros), lo que al final deteriora su calidad de vida y, en ciertos casos, compromete su independencia profesional. Ese es el cuadro real en el que se desenvuelve la gran mayoría de quienes ejercen el periodismo en el país, con la excepción de los que se mueven en esferas ejecutivas y otros que orientan su quehacer a lo que dicta el poder del dinero y la corrupción. En términos más generales, el periodismo criollo se encuentra invadido por una masa de improvisados, muchos de ellos chantajistas, mercaderes, estafadores y extorsionistas, que vienen de todos los litorales y que, casi siempre, cuentan con la anuencia de los dueños de medios electrónicos y escritos. El fenómeno ha calado niveles tan graves que, en honor a la verdad, nos quedamos sin referentes para definir quién es periodista hoy en República Dominicana. Y otro de los tantos fenómenos de abordaje urgente, tiene que ver con la peligrosa concentración de los medios en reducidos grupos y figuras, lo que obliga a revisar el viejo concepto de la mal llamada libertad de prensa. Y entre todas las debilidades, se impone la falta de control, el necesario filtro de regulación del ejercicio profesional, un lastre que la institución madre de los periodistas, su colegio, no ha logrado quebrar debido a la debilidad institucional de que adolece y al poco interés que despierta en sus afiliados. El crítico cuadro invita a la reflexión sincera y profunda. A frenar la degradación ética y moral en el ejercicio del periodismo, resultado inequívoco de la cualquierización que implica la venta de la dignidad por dádivas, prebendas y favores. Solo así haremos valer nuestra profesión como lo hacen los demás gremios del país. Solo así podremos exhibir con orgullo que somos auténticos profesionales del periodismo y que nuestro compromiso con la verdad está sellado por la dignidad y el apego irrestricto a la ética. ¡Les invito pues a tomar las armas de la persuasión y la lucha tenaz, hasta lograr una ley que dignifique el periodismo y su ejercicio en la República Dominicana!








