
El llamado del presidente Luis Abinader a los sectores de la industria y el comercio para tratar la estabilización de los precios de los alimentos básicos llega tarde, con un tono de urgencia que ignora un hecho fundamental, el mercado ya reaccionó al nerviosismo sembrado desde el propio Palacio Nacional. Como reza el dicho popular, la convocatoria se produce después del palo dado.
Todo comenzó el domingo 22 de marzo de 2026, cuando el mandatario se dirigió al país en una alocución televisada para advertir sobre las repercusiones de la guerra en Irán. Si bien es cierto que el conflicto internacional y el cierre del estrecho de Ormuz impactan los precios del crudo a nivel global, la forma en que se comunicó la crisis localmente fue, por decir lo menos, contraproducente. Al advertir de manera tan enfática sobre presiones inevitables en las tarifas eléctricas, el transporte y sobre todo, en los alimentos, el Gobierno envió una señal de «luz verde» involuntaria a los especuladores.
Las consecuencias no se hicieron esperar. Pocos días después del discurso, los recorridos por mercados y colmados revelaron un panorama desolador para el bolsillo del ciudadano común. Comerciantes del Mercado Nuevo de la Duarte y de Villa Consuelo reportaron que tras el anuncio presidencial, sus proveedores comenzaron a aplicar incrementos de hasta un 12% en productos básicos, alegando que el propio presidente ya había anunciado las alzas. Es aquí donde radica el error táctico, se alarmó a la población y se dio pretexto a la cadena de suministro antes de sentarse a negociar con quienes controlan los precios en el país.
El anuncio de que el presidente se reunirá con los líderes del Consejo Nacional de la Empresa Privada (CONEP), la Asociación de Industrias (AIRD) y la Organización Nacional de Empresarios Comerciales (ONEC) para este martes 31 de marzo, llega ocho días después de que el pánico se instalara en los estantes. Esa mesa de diálogo, que ahora busca «garantizar la estabilidad», debió ser la primera línea de defensa antes de proferir cualquier discurso cargado de augurios inflacionarios. Ahora, el Gobierno intenta estabilizar precios que ya subieron y como bien señala la experiencia histórica y el sentir popular, difícilmente volverán a bajar.
La realidad que enfrenta el pueblo dominicano es crítica. El costo de la canasta básica se ha duplicado en los últimos años, situándose por encima de los US$540, mientras que los salarios mínimos promedio apenas oscilan entre RD$19,930 y RD$25,000 [20]. Para una familia que hoy paga el arroz selecto a más de RD$56 la libra y el pollo a RD$95, el discurso de «sacrificios inevitables pero no desproporcionados» suena a una desconexión profunda con el día a día de quienes «arañan» para comer.
Incluso las medidas de alivio anunciadas parecen insuficientes frente a la magnitud del golpe. Aunque se identificaron RD$10,000 millones para programas sociales y RD$1,000 millones para subsidiar fertilizantes, el ciudadano percibe que el esfuerzo principal recae sobre sus hombros. Los transportistas ya advierten sobre la imposibilidad de mantener las tarifas si el combustible, que ya acumuló alzas de RD$15 en dos semanas antes del congelamiento, sigue presionando sus costos operativos.
La oposición política, representada por figuras como Leonel Fernández, ha sido tajante al señalar que el país no necesita advertencias, sino respuestas concretas y efectivas. Atribuir cada alza local exclusivamente a la guerra en Irán parece una simplificación que ignora las fallas en la planificación interna y la falta de controles efectivos para frenar la especulación que el propio discurso oficial desató.
La convocatoria a los industriales y comerciantes es un paso necesario, pero su ejecución tardía le resta efectividad. El Gobierno ha permitido que la especulación tome la delantera, y ahora se encuentra en la difícil posición de pedir moderación a sectores que ya ajustaron sus márgenes de beneficio basándose en el miedo colectivo. Para el dominicano de a pie, que ve cómo su dinero rinde menos cada mañana en el colmado, la reunión en el Palacio Nacional parece un intento de cerrar el corral cuando ya los caballos se han escapado. El palo, lamentablemente, ya está dado.








