Buenos días. Los hechos de corrupción nunca han estado ausentes de la vida institucional, pública y privada de República Dominicana. Tal vez se pudiera hablar de intensidad y dimensiones para diferenciar matices, pero el mal indudablemente es recurrente. A pesar de la inevitable conclusión, no se había conocido nada semejante a lo ocurrido en el caso del desfalco malvado, criminal, inhumano y fríamente planificado, que desbancó no al Senasa, sino al único seguro que, como alternativa para recibir atenciones de salud, tiene la gente humilde, el poblador del barrio, el trabajador y trabajadora, el viejito desvalido y los aquejados de enfermedades de alto costo. Y aunque se creía el único y peor de los escenarios de corrupción, por tratarse de un atentado directo al derecho de millones de pobres a recibir atenciones de salud, lo revelado en el caso del oncológico de Santiago hace todavía más repugnable y despreciable el cuadro. Según denuncias por confirmar y a partir de un expediente acusatorio contra sus ex directivos, se prefería intencionalmente dejar vencer medicamentos de alto costo donados para ser entregados a pacientes de cáncer, solo porque para estos desalmados, sencillamente no era negocio y obligaban a comprarlos en la farmacia. ¡Es inconcebible que semejante práctica se materializaba en contra de pacientes sin recursos para asegurarse los medicamentos dejados dañar a propósito! Las denuncias refirieren, además, al manejo como feudo del Patronato, la auto asignación de sueldos lujosos, el imperio del nepotismo y las confabulaciones de una estructura mafiosa compuesta por un puñado de “salteadores”, a quienes se les atribuye el mal manejo de más de 850 millones pesos. Se trata de dos escenarios que revientan la conciencia y reflejan la voracidad de gente que opera como depredadores de recursos ajenos. Sujetos sin corazón a quienes no les importa la salud, la vida misma, de tanta gente necesitada y desvalida. Ante situaciones como las expuestas, definitivamente no puede haber contemplaciones…









