Inicio Opinión Cuando el yo se impone al partido

Cuando el yo se impone al partido

1
0
La imposición del YO.
Spread the love

En la vida política, una de las tentaciones más frecuentes, y también una de las más dañinas, es confundir el proyecto personal con el proyecto colectivo. Todo dirigente tiene derecho a aspirar, a crecer, a procurar espacios, a construir liderazgo  y a proyectarse dentro de su organización. La política, por naturaleza, necesita vocaciones de poder. Pero una cosa es tener aspiraciones legítimas y otra muy distinta es colocar esas aspiraciones por encima de los intereses generales del partido.

Cuando un dirigente empieza a medir cada decisión según lo que le conviene personalmente, deja de pensar como parte de una organización y comienza a actuar como dueño de una parcela. Entonces el partido deja de ser causa común y se convierte en escalera privada. Ya no importa tanto el avance del conjunto, sino la ubicación individual en la fotografía. Ya no pesa la estrategia general, sino el cálculo de quién gana visibilidad, quién controla una estructura, quién queda mejor posicionado o quién capitaliza políticamente el esfuerzo de los demás.

Esa conducta debilita cualquier proyecto político serio. Los partidos no se construyen con egos sueltos, sino con disciplina, visión compartida, generosidad interna y sentido de pertenencia. Una organización política puede soportar diferencias, debates, aspiraciones e incluso tensiones naturales. Lo que no puede soportar indefinidamente es que sus propios dirigentes actúen como si el interés colectivo fuera negociable cada vez que choca con sus planes personales.

El problema no está en aspirar. Aspirar es legítimo. El problema está en anteponer la aspiración a la misión. Un dirigente puede querer ser regidor, alcalde, diputado, senador, miembro de una dirección o candidato a cualquier posición. Eso forma parte de la dinámica democrática. Pero antes de cualquier aspiración debe existir una convicción superior: el partido, su línea política, su unidad, su crecimiento y su conexión con la sociedad.

Cuando esa jerarquía se invierte, empiezan los síntomas de deterioro. Surgen las zancadillas internas, las ausencias calculadas, los silencios convenientes, las lealtades condicionales, las estructuras paralelas, la crítica subterránea, el trabajo selectivo y la colaboración a medias. El dirigente ya no se pregunta qué necesita el partido, sino qué provecho puede sacar de cada circunstancia. Esa es una forma silenciosa de deslealtad, aunque a veces se vista con discursos de compromiso.

La política madura exige entender que no todo momento es momento de protagonismo personal. Hay etapas para organizar, etapas para escuchar, etapas para fortalecer estructuras, etapas para acompañar procesos y etapas para cerrar filas. Quien solo aparece cuando hay candidatura, cargo, juramentación, foto o posibilidad de beneficio, no está construyendo partido: está administrando conveniencias.

El dirigente verdaderamente comprometido se reconoce en los momentos donde no hay reflectores. Trabaja cuando nadie lo aplaude. Asiste cuando no le toca hablar. Moviliza cuando otro encabeza. Defiende la línea institucional aunque no sea el principal beneficiario. Aporta a la unidad aunque tenga diferencias. Entiende que la victoria colectiva siempre será más importante que la pequeña ganancia individual.

En cambio, el dirigente dominado por el personalismo suele ver al compañero como competencia, no como aliado. Sospecha de todo crecimiento ajeno. Se incomoda cuando otro avanza. Convierte cada espacio en una medición de fuerzas. Necesita controlar, figurar, imponer o bloquear. Y cuando no obtiene lo que desea, reduce su entusiasmo, se distancia o empieza a sembrar dudas. Esa conducta no solo habla mal de su carácter político; también revela falta de comprensión histórica.

Ningún partido grande se levanta sobre la ansiedad individual de sus dirigentes. Los proyectos políticos con vocación de poder necesitan cohesión. Necesitan cuadros que entiendan la diferencia entre liderazgo y figuración. Liderar no es aparecer en todas partes. Liderar es servir a un propósito mayor, construir confianza, sumar voluntades, cuidar la organización y saber subordinar el interés particular cuando las circunstancias lo demandan.

La unidad partidaria no significa ausencia de aspiraciones. Tampoco significa obediencia ciega ni silencio ante los errores. Significa comprender que las diferencias deben procesarse con sentido institucional, no como guerra de posiciones. Significa que la crítica debe ayudar a corregir, no a destruir. Significa que las ambiciones personales deben caminar dentro de un marco de responsabilidad colectiva.

En política, el ego mal administrado puede hacer más daño que un adversario externo. El adversario se combate de frente; el personalismo interno desgasta desde adentro. Divide equipos, enfría entusiasmos, contamina relaciones y hace que la militancia pierda fe en quienes deberían orientar con el ejemplo. Por eso, toda organización que aspire a gobernar debe cuidar no solo su discurso público, sino también su cultura interna.

Un partido no puede pedirle sacrificio al pueblo si sus dirigentes no son capaces de sacrificar algo de su propio protagonismo. No puede hablar de nación si cada quien actúa como si la organización fuera una extensión de su proyecto personal. No puede predicar unidad hacia fuera mientras por dentro se multiplican pequeñas agendas particulares.

La grandeza política comienza cuando el dirigente entiende que no todo lo que puede reclamar le conviene reclamarlo, que no todo espacio debe ocuparlo, que no toda diferencia debe convertirla en conflicto y que no toda aspiración personal merece poner en riesgo la estabilidad del conjunto.

El dirigente útil no es necesariamente el que más ruido hace, sino el que más aporta a la causa común. No es el que más se promociona, sino el que más ayuda a organizar. No es el que exige reconocimiento a cada paso, sino el que trabaja con la tranquilidad de quien sabe que la política verdadera no se mide solo por cargos, sino por lealtad, coherencia y servicio.

Los partidos necesitan dirigentes con aspiraciones, sí, pero también con límites. Con ambición, pero con disciplina. Con liderazgo, pero con humildad institucional. Con proyectos personales, pero subordinados a una causa superior. Porque cuando el yo se impone al partido, el partido se achica. Y cuando el partido se achica, también se achican las posibilidades de servirle al país.

La política no puede reducirse a una competencia de vanidades. Quien no entiende eso puede ocupar posiciones, pero difícilmente construirá liderazgo verdadero. Porque al final, los cargos pasan, las coyunturas cambian y las fotografías envejecen. Lo que queda es la conducta.

Y en la conducta se descubre si un dirigente llegó a la política para servirse del partido o para servir, desde el partido, a una causa más grande que él mismo.

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí