
Buenos días. Los escándalos en Senasa, Educación y en más de un centenar de dependencias públicas, nos inducen pensar que, al margen de los enfoques sociológicos y políticos, la corrupción es intrínseca al ser humano. Que se cultiva y desarrolla en la carencia de formación basada en principios y valores y que, debido a las debilidades institucionales y falta de filtros y controles eficaces, también de consecuencias a las que haya que temer, encuentra su mejor caldo de cultivo en los llamados regímenes democráticos. Precisamente en esas formas de gobierno que padecemos, caracterizados por profundas debilidades institucionales, carencia de filtros y controles eficaces, que anidan y favorecen prácticas permisivas, complicidad a todo nivel, es donde se incuban conciliábulos que generan ganancias millonarias a sujetos del sector público y a sus socios del sector privado. De ahí nuestro escepticismo ante las luchas contra la corrupción porque, en gran proporción, solo ha servido para montar convenientes shows políticos. No es mucho lo que se pude esperar en un país que funge como territorio propiedad de unos cuantos “totumpotes” que concentran, manipulan y lo disponen todo, donde los padrinos tienen licencias de poder y el peculado adopta mil formas para encubrir sus huellas. Es quimérico pues que logremos avances en el corto plazo y menos al margen de cambios estructurales definitivamente distantes y difíciles. La corrupción en República Dominicana, al igual en la mayoría de nuestros países, es un negocio de dos. Una acción criminal entre socios, pero como somos un pueblo altamente fanatizado en materia partidista, por lo general solo identificamos a uno de los socios, al que se ubica en el sector público y que preferiblemente es mi opositor. Es la triste lección aprendida…








