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Caso Quirino: Anatomía de una infamia contra la nobleza de un líder

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Ramón Morel
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Por Ramón Morel

La historia política de la República Dominicana ha sido, con frecuencia, un campo de batalla donde la inteligencia estatal se enfrenta a la perversidad oportunista. En este teatro de sombras, pocos episodios resultan tan ilustrativos como el intento de vincular al Dr. Leonel Fernández con el lodo del narcotráfico a través del llamado «Caso Quirino». Ha llegado el momento de desmantelar, con precisión quirúrgica, una de las infamias más burdas gestadas desde las alcantarillas del poder.

Para comprender la raíz de esta calumnia, es imperativo remitirse al cuatrienio 2000-2004. Fue bajo la administración de Hipólito Mejía donde Quirino Ernesto Paulino Castillo no solo prosperó, sino que ascendió meteóricamente en el escalafón militar. Obtuvo rangos y un aura de impunidad que solo el desorden institucional de aquella gestión pudo permitir. Leonel Fernández no creó a Quirino; heredó un sistema ya infiltrado, donde el personaje se camuflaba tras la fachada de un próspero empresario validado por el propio Estado que el PRD controlaba.

El supuesto «pecado» de Leonel Fernández ha sido, en realidad, su propia nobleza institucional. Un hombre de su estatura académica y profunda fe en el Estado de Derecho no podía concebir que el aparato de seguridad que recibía estuviera tan contaminado. Su carácter pausado y su confianza en la decencia del uniforme le impidieron sospechar inicialmente de un personaje que otros habían encumbrado. Sin embargo, a diferencia de sus antecesores, Leonel no miró hacia otro lado cuando la verdad salió a la luz.

La prueba irrefutable de su integridad no reside en discursos, sino en hechos contundentes: fue el gobierno de Leonel Fernández el que apresó, procesó y extraditó a Quirino hacia los Estados Unidos. Mientras otros le otorgaron el rango, Leonel le puso las esposas. Si hubiera existido el más mínimo vínculo o compromiso, la extradición jamás habría ocurrido. Ese acto de firmeza institucional es lo que el narcotraficante nunca perdonó; sus ataques posteriores no son «denuncias», sino la venganza despechada de un criminal que chocó contra la inquebrantable rectitud de un Presidente que no aceptaba deudas con el bajo mundo.

Lo más deleznable, sin embargo, fue la resurrección orquestada de este personaje años después. Con una maldad política calculada, sectores que hoy sabemos respondían al oportunismo del danilismo y a la desesperación de la oposición, utilizaron la palabra de un delincuente como si fuera la de un sicario moral. Fue una maniobra de bajeza pura: intentar enlodar al estadista más brillante de la modernidad dominicana usando el guion de un convicto que solo buscaba retaliación contra quien lo envió tras las rejas.

Muchos han criticado el silencio de Leonel ante tales ataques. Pero ese silencio no es evasión, es estatura de Estado. Un hombre de su nivel intelectual no desciende al lodo a debatir con sicarios morales; él confía en que la verdad tiene su propio peso gravitacional. Su elegancia y carácter pausado, a veces incomprendidos, son en realidad la prueba de su superioridad moral. El tiempo ha puesto a cada quien en su lugar: los conspiradores en el rechazo de la historia, y Leonel Fernández, firme, como el referente de dignidad que la República Dominicana siempre ha necesitado.