Por Ramón Morel
Lo que debería ser la columna vertebral del desarrollo dominicano se ha convertido, por obra y gracia de la actual gestión, en un laboratorio de ensayo y error financiado con el sudor de los contribuyentes. La ampliación de la Autopista Duarte no es una obra de ingeniería; es un monumento a la improvisación, un laberinto de asfalto que demuestra que, en el Ministerio de Obras Públicas, la política de «parchos» le ha ganado la partida a la planificación técnica.
La falacia de los carriles y el «Efecto Embudo»
El gobierno se jacta de los 14 carriles en el Kilómetro 9, pero cualquier conductor sabe que esa amplitud es un espejismo. La autopista Duarte hoy funciona bajo un diseño esquizofrénico: los carriles aparecen y desaparecen a cada paso sin lógica alguna. Lo que en un tramo es una vía de cuatro carriles, de repente se convierte en un embudo de dos, obligando a frenazos bruscos y maniobras temerarias.
Esta falta de continuidad es la prueba fehaciente de que no existe un diseño integral. Se está construyendo por pedazos, como quien arma un rompecabezas sin mirar la imagen de la caja. El resultado es un «efecto acordeón» que anula cualquier ahorro de tiempo y convierte el trayecto desde y hacia el Cibao en una trampa de ansiedad.
El absurdo de los retornos: Un diseño contra la lógica
Si algo evidencia la desconexión total con la realidad son los retornos. En lugar de soluciones fluidas, el gobierno ha sembrado la autopista de retornos improvisados que son, en sí mismos, generadores de tapones.
Obligar a un conductor a recorrer kilómetros adicionales para dar una vuelta en U mal diseñada, o situar muros «New Jersey» que bloquean entradas naturales sin ofrecer alternativas seguras, es negligencia planificada. Estos muros móviles parecen puestos al azar, cambiando la configuración de la vía de un día para otro, convirtiendo una autopista de alta velocidad en una carrera de obstáculos donde el ciudadano juega a la ruleta rusa cada vez que intenta retornar.
Despilfarro de fondos: El arte de romper lo hecho
La forma en que se ejecuta esta obra es un insulto a la economía nacional. Estamos ante un desperdicio de dinero sin precedentes bajo la modalidad del «doble trabajo». Es común ver tramos recién asfaltados que son rotos semanas después para colocar una tubería olvidada o para mover un muro que quedó mal puesto.
Este «picar y tapar» constante no es solo un error logístico; es una hemorragia de recursos públicos. Cada corrección de un error que pudo evitarse con un plano bien hecho es dinero que se le quita a la salud o a la educación. La Autopista Duarte se ha convertido en un barril sin fondo donde la ineficiencia administrativa se paga con préstamos internacionales y presupuesto estatal.
Inseguridad vial programada
No podemos llamar «progreso» a una vía donde la señalización es contradictoria o inexistente. La convivencia de líneas de pintura viejas con las nuevas, la falta de iluminación en los puntos críticos de intervención y la colocación errática de barreras de concreto demuestran un desprecio absoluto por la vida del conductor. El gobierno ha creado un entorno de inseguridad vial programada, donde el caos de la construcción es permanente y la protección al usuario es nula.
El triunfo del bulto sobre la técnica
La ampliación de la Duarte es el ejemplo perfecto de un gobierno que prefiere el «bulto» publicitario y la foto de la retroexcavadora antes que el rigor de la ingeniería. Se ha priorizado la narrativa del «estamos trabajando» por encima del «estamos resolviendo».
A inicios de 2026, la Duarte no es más rápida ni más segura; es simplemente más confusa y más cara. El país no necesitaba una pista de obstáculos de 14 carriles que mueren en un embudo; necesitaba una vía planificada. Mientras la improvisación siga siendo la norma en Obras Públicas, los dominicanos seguiremos atrapados en este monumento a la ineptitud, pagando con tiempo, dinero y vidas el precio de una gestión que no sabe hacia dónde va.








