
Buenos días. El doble rasero es parte de la cultura de quienes promueven una cosa y practican otra. De ahí que a nadie sorprenda que mientras Estados Unidos mantiene en nuestros países “una lucha encarnizada» contra las drogas, a través de las pantallas del cine y la televisión promueve a sus anchas el consumo de estas. Hollywood y toda la industria cinematográfica ha dejado de ser un mero instrumento de entretenimiento para, de manera deliberada, convertirse en un agresivo motor de cambio cultural. El fenómeno ha traído consigo una saturación de contenidos que, bajo el ala de la inclusión y el realismo, caminan por la delgada línea entre el retrato social y la promoción de conductas azarosas. Naturalmente, la insistencia en estas narrativas bajo ninguna circunstancia es un reflejo de la realidad, sino una imposición sutil que busca redefinir la moralidad colectiva a través de la repetición visual. Se coloca a actores y actrices en varias escenas halando tiras de cocaina frente a la cámara o inyectándosela, una práctica que, si bien es intencionada y forma parte de las estrategias de dominación social, contradice el discurso oficial y hace estúpido que gobiernos invierten millones en campañas de prevención y en el supuesto combate al narcotráfico. Lo que se busca a través de esa exposición constante, es normalizar el riesgo y a la vez reducir la percepción de peligro ante el uso de sustancias altamente adictivas. Pero para quienes dominan, lo que importa es capturar nuevos mercados en las generaciones más jóvenes. Igual se promueven las relaciones sexuales entre parejas de un mismo sexo, al grado de que ya no proyectan una sola producción cinematográfica sin que estas escenas estén contenidas de manera deliberada. En definitiva, son dos narrativas que tienen propósitos parecidos…








