
El ambicioso control global que los Estados Unidos ejercieron sobre el planeta desde el final de la Segunda Guerra Mundial está llegando a su fin. El orden internacional atraviesa una de sus etapas más complejas, evolucionando desde un mundo unipolar hacia un sistema marcado por la competencia entre grandes potencias, la fragmentación del poder y el surgimiento de amenazas híbridas. El inminente avance de China, que se ha consolidado como el principal desafío estratégico, y la capacidad de Rusia para actuar como un actor disruptivo que defiende sus esferas de influencia, han obligado a Washington a replantear su postura para no perderlo todo.
Bajo esta nueva realidad, la mirada de Washington ha vuelto a virar con fuerza hacia su propio vecindario. La reciente presión sobre la isla caribeña, que incluye la imputación de Raúl Castro y el despliegue del portaaviones USS Nimitz, no debe leerse como un evento aislado. Washington no va simplemente por Cuba; viene por la reconquista de América. La actual ofensiva integral, que combina presión militar, asfixia económica y señales políticas, busca acelerar una transición controlada en la isla para evitar un colapso caótico que desestabilice el Caribe en un momento de vulnerabilidad hegemónica.
Esta reconquista se fundamenta en lo que ya se denomina la Doctrina Donroe o el Corolario de Trump a la Doctrina Monroe. Esta visión estratégica busca reafirmar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental, excluyendo explícitamente la influencia de actores externos como China y Rusia. Para Washington, la falta de control sobre América Central y el Caribe es vista como una prueba de su declive geopolítico y una señal de un recambio en el orden mundial que no están dispuestos a aceptar.
La retirada de bases militares en teatros cuya importancia relativa ha disminuido es una jugada forzada que obliga a EE. UU. a repensar su dominio. En lugar de actuar como el Atlas que sostiene el orden global, Washington está exigiendo que sus aliados asuman la responsabilidad de sus propias regiones, permitiendo que el ejército estadounidense se concentre en misiones críticas dentro de su propio hemisferio. Este repliegue busca construir una «Fortaleza Norteamericana» donde la membresía no se paga solo con comercio, sino con una alineación geopolítica total y el rechazo a las incursiones de potencias no hemisféricas.
El avance de China en la región es la raíz de esta urgencia. Pekín se ha convertido en el principal socio comercial de Sudamérica, desafiando la histórica influencia estadounidense en su «patio trasero». Ante esto, la estrategia de Washington ha pasado de un liderazgo blando a una postura de «paz mediante la fuerza», utilizando herramientas como el nearshoring político para relocalizar no solo industrias, sino también lealtades y seguridad.
Los movimientos en Venezuela y Cuba son solo las primeras piezas de un tablero mucho mayor. Estados Unidos ha comprendido que para sobrevivir como potencia debe asegurar su hinterland. La era de la globalización ingenua ha muerto; lo que presenciamos hoy es el retorno descarnado a las esferas de influencia, donde Washington pretende que su dominio en el hemisferio occidental nunca vuelva a ser cuestionado.








