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Están perdiendo la cordura

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Están perdiendo la cordura.
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La actual escalada de violencia en el Medio Oriente, protagonizada por Irán, Israel y los Estados Unidos, ha dejado de ser un conflicto regional para convertirse en un acto de sabotaje contra la estabilidad económica global. Lo que presenciamos hoy es una espiral de represalias mutuas donde el sentido común ha sido sustituido por una ceguera estratégica que nos conduce irremediablemente a una crisis energética mundial de proporciones históricas.

El ataque israelí coordinado con apoyo estadounidense contra el yacimiento de gas de South Pars, el más grande del mundo, marcó un punto de no retorno en esta falta de cordura. En lugar de buscar una desescalada, los actores han optado por golpear el corazón de la infraestructura energética, provocando que Irán responda con ataques de drones y misiles contra la planta de gas natural licuado (GNL) de Ras Laffan en Catar. El resultado es desolador, daños que tardarán muchos años en repararse y una reducción inmediata del 17% en la capacidad de exportación de GNL de Catar, el proveedor más fiable del sector.

La falta de cordura es evidente cuando se observa que estos ataques no discriminan entre aliados y enemigos. Catar, un actor que ni siquiera participaba en el conflicto, ha visto sus instalaciones devastadas y se enfrenta a pérdidas estimadas en 20,000 millones de dólares anuales. Mientras tanto, el estrecho de Ormuz permanece prácticamente bloqueado, paralizando el tránsito de aproximadamente 20 millones de barriles de petróleo diarios, lo que representa el 20% del suministro mundial. Este cierre efectivo ha disparado los precios del crudo por encima de los 110 dólares por barril, una cifra que amenaza con hundir las economías de las naciones emergentes.

El impacto de esta irracionalidad ya se siente en todo el planeta. En la India, la escasez de gas para cocinar está provocando enfrentamientos; en Pakistán, el vital sector textil se asoma al colapso por la falta de energía; y en Europa, la sombra del racionamiento industrial y el aumento masivo de las facturas de luz se vuelve una realidad ineludible. Los líderes involucrados parecen ignorar que al destruir las plataformas de gas y las refinerías, no están ganando una guerra, sino que están destruyendo los cimientos del bienestar global.

Finalmente, las amenazas de Donald Trump de hacer volar por los aires la totalidad del campo de South Pars si Irán vuelve a atacar, o la retórica de eliminar amenazas existenciales de Benjamin Netanyahu, solo alimentan un escenario de Armagedón energético. Si los actores del conflicto no recuperan la cordura y detienen los ataques contra la infraestructura vital, el mundo se enfrentará a un apagón económico cuyas consecuencias durarán años, mucho después de que los disparos hayan cesado.