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El fin del rigor: intrusismo y mercenarios de la desinformación

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El periodismo y su hora más oscura.
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El periodismo atraviesa su hora más oscura, no por falta de canales, sino por un exceso de ruido financiado. Hemos aceptado, con una pasividad alarmante, que la tecnología valide al analfabeto funcional como autoridad informativa, permitiendo que cualquiera con un smartphone y nulo respeto por la sintaxis se autodenomine «director de medios».

La farsa de la democratización

En cualquier disciplina civilizada, el intrusismo es un delito o, al menos, un motivo de paria social. Nadie confía el diseño de un puente a un entusiasta de los ladrillos, ni permite que un «curandero digital» realice una cirugía de corazón. Sin embargo, en el periodismo, la academia ha sido desplazada por el algoritmo. Se ha confundido el derecho a la libre expresión con la facultad profesional de informar.

El resultado es una legión de «empresarios» de YouTube y blogs de pacotilla que practican el parasitismo informativo: no investigan, no contrastan y no editan. Se limitan a un «cortar y pegar» frenético, sazonado con gritos y sesgos, para alimentar una maquinaria de clics que premia el escándalo sobre el dato.

Mercenarios al servicio del eco

Lo más grave no es la existencia de estos personajes, sino quiénes sostienen el micrófono. Sectores políticos y económicos han descubierto que el periodista profesional es incómodo, caro y, sobre todo, independiente. Es mucho más rentable financiar al «influencer» maleable o al bloguero incendiario.

Estos actores no son comunicadores; son mercenarios de la propaganda. Reciben fondos de estructuras de poder que prefieren el ruido ensordecedor de la mediocridad a la fiscalización de una redacción seria. Al desviar la pauta publicitaria y los recursos hacia estos francotiradores digitales, los grupos de interés están ejecutando una eutanasia financiera contra el periodismo de verdad.

El costo del silencio profesional

¿Para qué estudiar una carrera de cinco años si el éxito hoy se mide en views y no en veracidad? Esta pregunta es el síntoma de una sociedad que ha renunciado a la jerarquía del conocimiento.

Al permitir que el analfabeto funcional usurpe la función periodística, hemos destruido el filtro ético que protegía a la ciudadanía de la manipulación. La decadencia del periodismo no es un accidente tecnológico; es un plan diseñado por quienes prefieren una masa enfurecida y mal informada antes que una ciudadanía consciente y profesionalmente interpelada. La academia es, hoy más que nunca, el último bastión contra la barbarie del «todo vale».