
Buenos días. En cuestión de semanas inicia el nuevo año escolar en República Dominicana. Como preocupante antesala, fluyen las denuncias acerca de falta de aulas, construcciones paralizadas, creciente presencia del alumnado haitiano, cientos de escuelas con problemas de deterioro y carencia de servicios elementales, denuncia de falta de vigilancia y porteros, promesas de que no se quedarán niños sin el pan de la enseñanza, en fin, un preocupante contexto que pocos imaginaron cobraría vigencia en estos tiempos cuando el sector recibe recursos de sobra por vía del 4 por ciento. Al complicado panorama se hace necesario agregar la tarea pendiente y de muy alto riesgo, que tiene que ver con edificaciones que representan un peligro inminente ante la no descartable ocurrencia de cualquier movimiento telúrico de proporciones importantes. Y sin que pretendamos restar la más mínima importancia a lo expuesto, resulta peor aún el hecho de que los centros escolares no tienen control de su propia realidad interna. No es secreto para nadie que, en vez de libros, alguna fruta y tareas bien preparaditas, muchos de los alumnos introducen en sus mochilas a las escuelas armas blancas, vapes, celulares y otras basuras que nada aportan a su formación y menos a sus proyectos de vidas. ¿Cuál es el destino que le espera a este país con un estudiantado desinteresado por su propia formación académica? Penoso es admitir que el propósito no se centra en obtener las mejores calificaciones, ni en destacarse como estudiantes meritorios, sino en convertirse en presas consciente de vicios que fríen como salchichón sus imitaciones de cerebros. Naturalmente, hay que estar conscientes de que muchos de esos entuertos tienen vigencia, en gran medida, porque el ambiente que prevalece tanto en la escuela como en el hogar, amargamente así lo permite. Lo que más preocupa es que no se vislumbra que semejante espectáculo, vaya a mejorar por ahora.








