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La campaña antidrogas que ejecuta Estados Unidos no pasa de ser un ardid con el que disfraza su verdadero propósito, que no es otro que intervenir militarmente a otros países para asumir el control político y de sus riquezas. Si el interés fuera acabar con las drogas y proteger a sus ciudadanos del consumo, entonces primero pusiera orden en casa y más luego saliera a combatir el flagelo en otras latitudes. ¿Pero, acaso no quiere o no le conviene? Resulta difícil entender cómo entran a su territorio más de 900 toneladas de cocaína al año por vía terrestre, aérea y marítima, sin mencionar otros opioides sintéticos, a sabiendas de los recursos económicos, de inteligencia y tecnológicos que moviliza supuestamente para prevenir y combatir semejante cáncer. Y ni hablar del fentanilo, considerado por el propio Donald Trump como “un arma de destrucción masiva”, que rompe records de consumo y del que prefieren culpar a México, China y Colombia, muy a pesar de que los principales laboratorios de producción masiva del opioide, funcionan dentro de los Estados Unidos. Lo expuesto lleva a muchos a concluir en que no hay interés de encarar con seriedad el problema de las drogas, ni en casa ni en ninguna parte del mundo, y que todo se reduce a alharacas mediáticas para camuflar las intenciones conocidas por todos. No hay que olvidar que, según estudios disponibles e la red, de los más de 600 mil millones de dólares que producen las drogas por año, más de 300 mil se quedan en EE.UU. Y uno se pregunta, ¿será que quebrar tan jugoso negocio no conviene y por esa razón no se tocan sus raíces, aunque se haga creer que sí? Y no solo se trata de que, mientras se persigue y agrede a otras naciones, el fracaso interno en el combate a los narcóticos, tambien a escala global, es secillamente deprimente. Peor aún, acciones como el indulto al confeso y condenado narcotraficante, ex presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, quien fuera sentenciado a 45 años de cárcel tras ser hallado culpable de introducir más de 500 toneladas de cocaina a territorio estadounidense, desnudan la falta de credibilidad de esa supuesta lucha contra el negocio de las drogas. Lo que sí ocurre es que el mal se ha expendido de form alarmante y su crecimiento definitivamente es indetenible. Solo que el fenómeno se usa como excusa para mancillar la soberanía de otras naciones y robarse lo que les pertenece.








