
Buenos días. Sentimos de vez en cuando que la democracia se nos torna tierna. Que de vez en cuando, sus magias y encantos hacen posible que el sonido de las tripas laceradas por el hambre de nuestros pueblos, atrapados en las burbujas de la falsa esperanza promovida, cambie su angustiante sonido y deslumbre la sonrisa en rostros que no conocen el sentido de reír. De vez en cuando ignora que, a esos pueblos, a sus gentes buenas, no les alcanza el tiempo para soñar, porque le consume la bruma, la lucha interminable por la sobrevivencia, la batalla por ganarle la noche a cada día… Aunque hay que admitir que de vez en cuando, aunque sólo sea a veces, la democracia airea su engañosa magia, pavonea la misericordia de su poder y hace que los que viven allá abajo, entre el látigo de la miseria y el lastre de la angustia, lleguen alguna vez a creer que son parte o casi iguales a los que, en zafras o temporadas electorales y/o a través de sus repetidos discursos sazonados con ilusiones y demagogias, atiborran sus cabezas de consignas, tambores y dádivas, que luego pasan al olvido hasta que vuelva la temporada… ¡Y la vida continua entre las viejas frustraciones y la interminable espera del milagro! De todas maneras, como dice Joan Manuel Serrat, «no hay nada más bello que lo que nunca he tenido…»








